Hay canciones que parecen escritas para pedir perdón antes de que alguien acuse el aparente daño, ponerse el parche antes de la herida, diría alguien por ahí. Como si el narrador llevara tanto tiempo defendiéndose que ya no distinguiera entre un juicio real y uno imaginario. En esta canción, mi sensación fue : alguien justificándose por existir.
“Si sonrío no es burla”. Qué frase tan curiosa. Nadie aclara algo así si no ha sentido que su sonrisa ha sido malinterpretada antes. Es casi un manual de instrucciones para convivir con él. Como diciendo: Si me ves callado, no es desprecio. Si me escondo, casi es por mí. Si algo no parece lógico…, perdón de mi cabeza. Qué más.
Y ese “qué más” tiene algo de resignación, pero también gracioso , es como un largo bostezo. A propósito, esa fue la sensación predominante cuando fui al primer y único concierto de la Banda jaajja, perdón Claudio, Eduardo y (en ese entonces no estaba Cote) Francisco, de mi cabeza… que más, que más, que más ? . Es equivalente a levantar los hombros y decir: “hice lo que pude”. No intenta convencerte, tampoco promete cambiar. Solo parece cansado de explicar el funcionamiento de una maquinaria que ni él entiende.
Hay algo que me llama especialmente la atención: nunca culpa al otro. Todo vuelve hacia él. Es una colección de disculpas sin que nadie las haya pedido. Un catálogo de advertencias para evitar decepciones.
La imagen de “si no sé abrir mis manos y quieres que tome el cielo, eso es dejarlo caer” suena a la parte más honesta de toda la canción. No habla de falta de amor, habla de incapacidad. Hay personas que no destruyen las cosas porque quieran hacerlo, simplemente no aprendieron a sostenerlas.
Y aquí aparece la contradicción más entretenida. La banda decide envolver toda esa melancolía en una música luminosa, casi optimista, alegre. Me invita, desde el comienzo, a dar pequeños brincos, como si estuviera haciendo el calentamiento previo a correr una maratón. Como si alguien estuviera bailando mientras confiesa las inseguridades más profundas. Hacia el final existe un silencio marcado, y piensas que la canción terminó, pero sigue … te sigue invitando a precalentar, quizás como recordándote que las disculpas venideras no acabarán, pero te mantendrás optimista al afrontarlas. Es una decisión brillante. Porque así funcionan muchas personas: ríen mientras se disculpan (si sonrío no es burla), hacen chistes mientras se rompen un poco por dentro, creyendo que alivian la incomodidad ajena.
Quizá por eso la canción no se siente dramática. Se siente humana. Nadie quiere ser protagonista de su propio desastre todos el tiempo, a veces uno prefiere ponerle una melodía alegre y seguir caminando.
También me hace pensar en esa mala costumbre que tenemos algunos de traducir cualquier gesto del otro como evidencia de que hicimos algo mal. El silencio es culpa nuestra. La distancia también. Una cara seria, seguramente la provocamos nosotros. Vivimos redactando defensas para un juicio que, muchas veces, ni siquiera llegará.
Y entonces aparece otra vez ese “perdón de mi cabeza”. No pide disculpas por una acción en particular , sino por la forma en cómo funciona su mente. Como si el verdadero conflicto ocurriera siempre allí. Es una frase sencilla, pero encierra una idea no menor: hay batallas internas que terminan salpicando a quienes más queremos.
Al final, creo que la canción no intenta justificarse para obtener la absolución. Solo quiere ser comprendida. Como diciendo: “esto soy, no siempre tiene sentido, tampoco para mí”. Y, curiosamente, esa sinceridad resulta mucho más convincente que cualquier explicación.
Tal vez por eso sigue sonando alegre. Porque incluso las personas que cargamos con una tormenta en la cabeza, de vez en cuando, también ponenemos música para que el ruido no se note tanto.




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