sábado, 24 de octubre de 2026

Estoy guatón tengo que adelgazar - César Huispe

 Una vida entre la ficción y la realidad: leer a César Huispe y encontrarse con uno mismo

Proyecto de lectura · Resumen con spoilers y apreciaciones personales

Hay libros que uno termina y deja en la estantería, y hay otros que, sin proponérselo, abren puertas hacia recuerdos que creíamos tener guardados. Este libro de César Huispe, conocido como el Cesarito de Críticas QLS, pertenece para mí a la segunda categoría. Lo había leído hace dos o tres años, pero no recordaba demasiado de su contenido. Al volver a él, me encontré con una lectura mucho más interesante de lo que esperaba: una historia que mezcla ficción, experiencias que parecen autobiográficas, humor y reflexiones sobre la infancia, la familia, las drogas, el trabajo, la vocación y la vida adulta.

Lo que más me sorprendió fue descubrir cuánto podía conectar con sus páginas. No solo por las situaciones que relata, sino porque algunas de ellas me llevaron directamente a mi propia historia. Hubo episodios que me hicieron reír, otros que me incomodaron y algunos que me obligaron a mirar hacia atrás y preguntarme por qué recordaba ciertas cosas de una manera determinada.

Quizás esa sea la gracia de esta lectura: aunque no podamos saber con certeza cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en los relatos, muchas de las experiencias que presenta resultan reconocibles. Y, a veces, lo importante no es comprobar si algo ocurrió exactamente así, sino comprender por qué nos hace pensar.

1. Un comienzo engañoso: la historia de Sergio Cortés

El libro comienza con un prólogo protagonizado por Sergio Cortés, un personaje cuya vida parece estar marcada desde antes de nacer. Según el relato, una gitana le habría leído la suerte a su madre y le habría anunciado que su hijo sería famoso.

La vida de Sergio, sin embargo, no parece tener demasiado de extraordinaria. Está llena de conflictos, dificultades personales y situaciones que lo llevan a sentirse agotado de todo. Hasta que un día comienza a escribir en Facebook y descubre que sus publicaciones reciben aprobación. Los likes se convierten en una forma de reconocimiento que parece darle un nuevo sentido a su existencia. Empieza a escribir más y a encontrar en las palabras una posibilidad de cambio.

Su historia también está atravesada por pérdidas y conflictos familiares. Su madre muere de cáncer mamario y, cuando vuelve a encontrarse con la gitana, le pregunta si finalmente llegará a ser famoso. Ella insiste en que sí, que será conocido en todas partes.

A partir de ese momento, el relato adquiere un tono fantástico: Sergio entra en una habitación, después en otra y luego en otra más, como si se adentrara en un laberinto del que no pudiera salir. La historia concluye con una especie de comunicado que informa que la Policía de Investigaciones no logró encontrarlo y que Sergio Cortés será recordado por sus cuentos.

El cierre del prólogo me hizo gracia porque, al principio, había interpretado la historia como una especie de relato autobiográfico del propio Cesarito. Después queda claro que estamos ante otro personaje y que el libro juega con esa frontera entre lo real y lo inventado.

Ese comienzo funciona como una advertencia: no conviene leer todo lo que sigue como una declaración literal de los acontecimientos de la vida del autor. Hay exageraciones, elementos fantásticos y situaciones que parecen deliberadamente absurdas. Pero eso no significa que el libro carezca de verdad. A veces, la ficción es precisamente el medio que permite contar algo reconocible sin tener que hacerlo de manera estrictamente autobiográfica.

2. La infancia: aprender a mirar hacia atrás

Cuando comienza el primer capítulo, el libro se adentra en la infancia del protagonista. Aparece la experiencia de vivir en Estados Unidos, la educación, las diferencias culturales y la relación con sus padres. Según el relato, de niño tenía ciertas habilidades intelectuales y participaba en un programa escolar en el que le exigían leer más. No necesariamente era un niño superdotado, pero sí parecía tener una facilidad particular para el aprendizaje.

Esta parte me hizo reconsiderar algunos prejuicios que tenía sobre el libro. Antes de volver a leerlo, había asumido que, por tratarse de un autor conocido principalmente por YouTube, quizá me encontraría con una escritura poco elaborada. Me ha pasado con otros libros de personas que no se dedican profesionalmente a escribir: algunos me han costado mucho de terminar. Recuerdo, por ejemplo, Luna de Plutón, cuyos elementos todavía tengo presentes, aunque su forma de escribir me resultó difícil de seguir.

Con este libro me ocurrió algo diferente. Creo que quién lo redactó  tiene un buen léxico, sabe hilar las ideas y construye frases con soltura. Es capaz de contar una anécdota absurda y, al mismo tiempo, dejar una reflexión que permanece después de cerrar el capítulo. Esa capacidad de comunicar no es menor, y me parece que es uno de los aspectos que más valoré durante la lectura.

También me encontré con palabras que no conocía o cuyo significado no tenía tan claro. Por ejemplo, aprendí que paramount puede expresar algo de importancia suprema o fundamental. Me gusta esa clase de descubrimientos: leer no solamente para conocer una historia, sino también para ampliar el vocabulario y aprender algo que uno pueda incorporar a su propia manera de expresarse.

Pero la infancia no aparece únicamente como una etapa de descubrimientos intelectuales. También está atravesada por el miedo, la violencia y las reglas que los adultos imponían sin demasiadas explicaciones.

La violencia como forma de crianza

Uno de los asuntos que más me hizo detenerme fue la manera en que el libro aborda los castigos físicos. El protagonista recuerda situaciones en las que cuestionar una orden podía generar un silencio incómodo y una tensión que anunciaba que algo malo estaba por ocurrir. Bastaba preguntar por qué tenía que hacer determinada cosa para que apareciera la amenaza de un castigo.

Hay una escena especialmente fuerte, en el capítulo titulado La lechuga roja. Después de un episodio de violencia por parte de su padre, el protagonista recuerda haber ido al baño y haber visto restos de lechuga mezclados con sangre. La imagen es perturbadora y representa algo más que un castigo severo: muestra una violencia que deja de tener cualquier relación razonable con la corrección de una conducta.

Esa escena me llevó inevitablemente a mi propia infancia.

Recuerdo episodios de violencia que hoy, como adulta, sigo considerando injustificados. Una vez, mi padrastro me tomó y me lanzó contra una lavadora, que incluso quedó hundida parcialmente por el impacto. Me dolió muchísimo. Fue una de esas ocasiones en las que mi madre reaccionó y le hizo ver que se había excedido.

También recuerdo haber recibido golpes y tirones de pelo, tanto de mi abuela como de mi madre. Muchas veces no había una explicación, una conversación o una pregunta que permitiera entender qué estaba pasando. Simplemente ocurría.

Por eso, cuando leo estos pasajes, no puedo evitar pensar en la diferencia entre corregir a un niño y descargar sobre él la frustración de un adulto. Son cosas distintas, aunque durante mucho tiempo se hayan confundido.

Esta reflexión también se relaciona con mi propia experiencia como madre. El tema me ha generado ruido, especialmente por el juicio que recibí de una persona a la que todavía aprecio. En alguna ocasión recurrí a una palmada o un palpe con mi hija, creyendo en ese momento que lo merecía, y me sentí profundamente juzgada al reconocerlo.

No quiero justificar los golpes ni afirmar que sean necesarios para criar. De hecho, me parece positivo que hoy exista mayor conciencia sobre la violencia hacia los niños y que se cuestione lo que antes se consideraba normal. Pero también creo que es fácil juzgar una maternidad desde afuera, sin conocer las circunstancias, el agotamiento o las dificultades que una persona puede estar atravesando.

La reflexión que me deja esta parte del libro no es que la violencia sea aceptable, sino que debemos ser capaces de mirar nuestra historia sin esconderla y reconocer las diferencias entre las formas de crianza que heredamos y las que queremos construir.

Mientras leía, pensaba en mi hija, en la infancia que está teniendo y en la oportunidad que tiene de crecer de una manera distinta. A veces basta con observarla jugar, verla saltar de un lado a otro y sonreír para recordar que la infancia no tiene por qué ser una repetición de lo que vivimos nosotros.

Las fotografías de una familia feliz

Otro pasaje que me llamó mucho la atención es aquel en el que el protagonista recuerda fotografías en las que su padre aparece feliz de tener un hijo. Las imágenes parecen demostrar que existieron momentos de alegría y que, al menos en esas ocasiones, la relación familiar fue buena.

Sin embargo, el narrador introduce una idea que me parece especialmente interesante: ahora conocemos los términos de esas fotografías.

Una fotografía puede capturar una sonrisa, una celebración o un momento familiar, pero no necesariamente revela lo que ocurre antes o después de que se toma. Una familia puede posar feliz para la cámara y, aun así, vivir conflictos que nadie ve.

Esta reflexión me hizo pensar en cómo ha cambiado nuestra relación con las imágenes. Antes se tomaban fotografías para conservarlas en un álbum, para recordar acontecimientos especiales o para mostrar una versión de la familia a quienes visitaban la casa. Hoy, en cambio, las redes sociales han convertido la exposición de la vida privada en algo prácticamente permanente.

Hay personas que registran cada momento, cada salida, cada comida y cada experiencia. La vida parece transformarse en una sucesión de escenas que deben ser mostradas, como si vivir algo no fuera suficiente si no se puede demostrar que ocurrió.

Y ahí aparece una contradicción: podemos terminar construyendo una vida para la fotografía en lugar de fotografiar la vida que realmente tenemos. Personalmente intento hacer lo segundo. De los mejores momentos que he vivido casi no hay registros jaajaj.

El libro me hizo pensar que esta necesidad de representar la felicidad no nació con las redes sociales. Lo que ha cambiado es su frecuencia, su alcance y la importancia que le damos a la mirada de los demás.

3. Las drogas, la violencia y los recuerdos que adquieren otro significado

Si hay un tema que me hizo conectar especialmente con el libro, es la relación entre el consumo de drogas y la violencia dentro de una familia.

En distintos pasajes, el protagonista recuerda que su padre, cuando estaba borracho, podía mostrarse más contento. Es una observación aparentemente sencilla, pero adquiere otro significado cuando uno empieza a mirar los acontecimientos desde la adultez.

Hay cosas que, durante la infancia, simplemente ocurren. Uno no tiene las herramientas para comprenderlas ni necesariamente conoce los motivos que hay detrás del comportamiento de los adultos. Después pasan los años, uno aprende otras cosas y comienza a relacionar hechos que antes parecían inconexos.

Eso fue exactamente lo que me ocurrió mientras leía.

Muchos años después descubrí que la pareja de mi madre, con quien viví durante mucho tiempo, consumía cocaína. Esa información me permitió reinterpretar situaciones de mi infancia que entonces no comprendía.

Recuerdo, por ejemplo, que a veces me obligaban a comer unas sopaipillas duras que había preparado mi abuela. Ni siquiera se preocupaban de calentarlas un poco para que se ablandaran. Cuando intentaba morderlas, me pegaban contra la pared y se reían de la situación.

Hoy, al recordar aquello, me cuesta comprender cómo unos adultos podían tratar así a una niña. Y cuando relaciono esos recuerdos con el consumo de drogas que posteriormente conocí, algunas piezas parecen encontrar un lugar dentro de la historia.

No significa que pueda atribuir automáticamente cada episodio a una causa concreta ni que el consumo explique o justifique la violencia. Lo que sí me permite es entender que existían circunstancias que yo desconocía y que afectaban el ambiente en el que estaba creciendo.

También recuerdo la rabia desproporcionada de la pareja de mi madre. Había cosas que parecían insignificantes, situaciones que no justificaban semejante enojo, pero que terminaban provocando reacciones desmedidas. Yo no entendía de dónde venía esa furia. Años después supe que había tenido problemas importantes con las drogas y que incluso estuvo internado.

Al leer las experiencias del protagonista, encontré un paralelo con aquello. El libro describe cómo el consumo puede ir acompañado de cambios en el comportamiento y de una creciente hostilidad frente a situaciones que antes no parecían representar un problema.

Lo que me impactó fue reconocer esa dinámica en recuerdos propios. De pronto, una anécdota que llevaba años guardada adquiría una dimensión diferente.

Volver a la infancia desde la adultez

Creo que esta es una de las cosas más interesantes que puede hacer un libro: ayudarnos a mirar el pasado con herramientas que no teníamos cuando éramos niños.

No necesariamente cambia lo que ocurrió, pero sí puede cambiar nuestra comprensión de ello.

Hay recuerdos que uno conserva como fragmentos aislados. Una discusión, una reacción extraña, una situación humillante o una escena que parecía no tener explicación. Con el tiempo, uno empieza a comprender mejor el contexto, las relaciones entre las personas y las consecuencias que esas experiencias tuvieron en su propia forma de ser.

En mi caso, algunas de esas vivencias dejaron huellas durante mucho tiempo. Por eso, leer a un autor que aborda situaciones semejantes desde el humor, la exageración y la ficción me resultó inesperadamente educativo.

El libro no me entregó respuestas definitivas sobre mi historia, pero sí me ofreció un punto desde el cual volver a pensarla.

Y eso me parece valioso.

4. Volver a Chile: crecer siendo el diferente

El relato continúa con la separación de los padres del protagonista y su regreso a Chile. Aunque había nacido en el país, la experiencia de haber vivido en Estados Unidos lo enfrenta a una realidad cultural distinta de la que conocía.

El libro presenta las diferencias entre ambos lugares y la sensación de encontrarse en un entorno que, a pesar de pertenecerle por origen, no necesariamente siente como propio.

Ese regreso parece marcar buena parte de su vida posterior. Aparecen las mudanzas, los distintos colegios, los lugares donde debe instalarse y las dificultades de adaptarse a una nueva realidad. Se describe también la relación con su madre, los conflictos familiares y el regreso de su padre a Chile.

El protagonista aparece como alguien tímido, que debe encontrar su lugar mientras atraviesa cambios importantes en su entorno.

Me parece interesante que el libro no trate la infancia y la adolescencia como etapas completamente separadas de la vida adulta. Más bien, muestra cómo ciertas experiencias van dejando marcas: el lugar donde crecimos, las relaciones que tuvimos, las personas con las que convivimos y la manera en que aprendimos a relacionarnos con el mundo.

Haber vivido en Estados Unidos y regresar a Chile no es solamente un cambio geográfico. Es también una experiencia que puede modificar la manera en que uno se percibe a sí mismo y entiende a los demás.

No sabemos cuánto de esta historia corresponde exactamente a la vida real del autor y cuánto está exagerado o reconstruido. Sin embargo, me parece que esa incertidumbre no impide reconocer la importancia de las experiencias que el relato pone sobre la mesa.

5. Las relaciones: decir que sí no siempre significa querer

Entre las distintas experiencias de adolescencia y juventud, hay una reflexión que me llegó de una manera muy personal.

El protagonista cuenta que muchas veces aceptaba oportunidades de conocer a alguien o iniciar una relación, pero que no necesariamente sentía una curiosidad genuina por esas personas. Aceptaba porque sí, porque no veía una razón para decir que no o porque, si alguien se interesaba en él, ¿por qué no intentarlo?

Su madre parece cuestionar esa actitud, y él considera que está equivocada. Sin embargo, yo no estoy tan segura de que lo esté por completo.

Me identifiqué con esa manera de relacionarse. Durante mucho tiempo, muchas de mis relaciones comenzaron desde una posición bastante pasiva. Si alguien se acercaba, si existía una oportunidad o si la otra persona demostraba interés, podía pensar: «Bueno, ¿por qué no? Intentémoslo».

Pero existe una diferencia importante entre aceptar la posibilidad de conocer a alguien y sentir un interés real por esa persona.

Cuando uno tiene curiosidad genuina, quiere saber más. Se pregunta cómo piensa el otro, qué le gusta, qué experiencias ha tenido y qué cosas lo hacen ser como es. Hay una motivación propia por descubrir a esa persona, más allá de la posibilidad de que termine convirtiéndose en una pareja.

Cuando uno simplemente acepta, en cambio, puede estar dejando que las circunstancias decidan por él.

Últimamente me ha ocurrido algo diferente. Me he interesado por alguien y he sentido curiosidad por conocerlo, por descubrir detalles de su personalidad y comprender cómo funciona su mundo. Es una experiencia distinta a aceptar una relación porque sí.

Lamentablemente, en este caso el interés no es recíproco, pero eso no le quita valor a lo que he descubierto sobre mí misma.

Por eso, esta parte me pareció especialmente significativa. La ficción, o aquello que parece ficción, consiguió poner en palabras una actitud que yo misma había tenido durante buena parte de mi vida.

Y esa es una de las razones por las que disfruto esta lectura: no necesito que el protagonista haya vivido exactamente lo que cuenta para que sus reflexiones tengan sentido en mi propia experiencia.

6. El mundo laboral: jefes, arrogancia y pequeñas humillaciones

Después de salir del colegio, el protagonista comienza a enfrentarse al mundo del trabajo. El libro relata los distintos empleos que tuvo y las experiencias que marcaron esa etapa, incluida su estadía en La Piccola Italia, que presenta como uno de sus peores trabajos.

En esos relatos aparece una crítica a la arrogancia de ciertas personas que ocupan puestos de autoridad. Son individuos que parecen creer que tener un cargo les concede el derecho de corregir, humillar o cuestionar a los demás por cualquier detalle, incluso por cosas insignificantes.

Hay una forma de ejercer la autoridad que no tiene demasiado que ver con el conocimiento, la experiencia o la capacidad de enseñar. A veces, parece sostenerse únicamente en la posición que una persona ocupa dentro de una jerarquía.

Esa actitud me resulta reconocible. En muchos ambientes laborales, uno se encuentra con personas que parecen necesitar demostrar constantemente que están por encima de los demás. No importa tanto hacer bien el trabajo como dejar claro quién manda.

La experiencia del protagonista en La Piccola Italia se convierte en un ejemplo de ese tipo de trato.

Haciendo un paralelismo con mi propia historia, recuerdo  la anécdota de Miriam, una mujer  que fue una jefa particularmente desagradable. En una ocasión, me encargó preparar fetuccini, algo que nunca había hecho. La preparación no quedó bien: la pasta estaba demasiado cocida. Sin embargo, la reacción de Miriam fue desproporcionada. Según recuerdo, llevó el plato al cliente, quien lo devolvió, y después ella misma terminó comiéndoselo frente a mí.

Lo que más me llamó la atención no fue que el plato hubiera quedado mal. Es completamente normal equivocarse cuando uno está aprendiendo una tarea nueva. Lo absurdo era convertir un error relativamente menor en una ocasión para maltratarme y humillarme.

Además, Miriam me decía que era demasiado tímida y que, con su manera de tratarme, supuestamente me estaba preparando para el mundo.

El protagonista relata estos episodios con humor y cierta distancia, pero debajo de las situaciones cómicas hay una experiencia bastante común: entrar al mundo laboral, cometer errores, encontrarse con personas difíciles y descubrir que no todos los adultos saben tratar a los demás con respeto.

7. La vida adulta y el reconocimiento: encontrar algo que dé sentido a la existencia

Uno de los hilos que atraviesan el libro es la búsqueda de una vocación.

La historia inicial de Sergio Cortés ya introduce esta idea: un hombre que encuentra en la escritura una manera de obtener reconocimiento y cambiar su vida. Más adelante, los relatos sobre la juventud, los empleos y las relaciones refuerzan la sensación de que encontrar un camino propio no suele ser un proceso inmediato.

A veces uno prueba distintas cosas, se equivoca, cambia de dirección y vuelve a comenzar. No siempre sabe qué quiere hacer ni tiene una idea clara de cómo llegará a conseguirlo.

Hacia el final, esta búsqueda adquiere una dimensión más cercana a la experiencia del propio Cesarito como creador de contenido.

El libro plantea que llegar a hacer algo que uno disfruta no ocurre necesariamente por suerte. Detrás de una actividad que parece sencilla desde afuera puede haber años de intentos, trabajos que no funcionaron, aprendizajes y esfuerzos que los demás no ven.

Esta idea me parece importante porque existe una percepción bastante extendida de que las personas que consiguen reconocimiento o dinero han tenido una vida fácil, como si todo hubiera ocurrido espontáneamente.

Pero construir algo propio implica tiempo y sacrificios. Se puede llegar a ganar mucho dinero, viajar y acceder a experiencias que antes parecían lejanas, pero eso no significa que el proceso sea sencillo. Hay que trabajar, encontrar una propuesta que interese a otras personas y sostenerla en el tiempo.

Tampoco creo que el dinero garantice la felicidad. Puede entregar tranquilidad y posibilidades, pero conseguirlo mediante el trabajo también puede exigir renuncias importantes.

Y ahí aparece una reflexión que me parece especialmente interesante: ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificar para construir la vida que queremos?

No todos buscamos lo mismo. Algunas personas desean emprender, crear una empresa o alcanzar un nivel de reconocimiento que les permita vivir de su pasión. Otras prefieren tener un trabajo con un horario definido y poder desconectarse al terminar la jornada.

Personalmente, muchas veces he pensado que prefiero ser asalariada, cumplir con mis responsabilidades y tener la posibilidad de dedicar el tiempo libre a las cosas que disfruto, sin que todo deba producir algún resultado económico.

No considero que una forma de vida sea necesariamente superior a la otra. Lo importante es entender lo que implica cada elección y no idealizar una vida únicamente por lo que muestra desde afuera.

8. Cuando los pasatiempos dejan de ser un refugio

Esta reflexión se vuelve todavía más interesante cuando el libro aborda la vida del protagonista hacia el final.

El Cesarito habla de cómo su trabajo puede convertir actividades que antes eran recreativas en nuevas obligaciones. Leer un libro, ver una película o seguir una serie son experiencias que, para muchas personas, representan momentos de descanso. Sin embargo, cuando uno trabaja creando contenido sobre esos mismos temas, la experiencia puede cambiar.

Ya no basta con disfrutar una película. Hay que prestar atención, tomar nota, pensar qué se puede comentar y evaluar si el contenido servirá para una publicación o un video.

Lo mismo ocurre con la lectura. Una actividad que podría ser placentera se transforma en material que hay que procesar y utilizar después.

El protagonista llega a describir una especie de pérdida de sus pasatiempos: aquello que antes hacía por gusto ahora forma parte de su trabajo.

Esta idea me hizo empatizar con él. Hace poco conversaba con una tía sobre las diferencias entre trabajar por cuenta propia y tener un empleo asalariado. Le decía que, en mi caso, prefiero cumplir un horario y después poder desconectarme.

Porque qué terrible sería que todas las cosas que uno disfruta terminaran convertidas en obligaciones.

Leer porque uno quiere leer. Ver una película sin tener que escribir una reseña. Escuchar música sin pensar si servirá para algún proyecto. Hacer algo simplemente porque nos gusta, sin que exista una finalidad productiva detrás.

A veces parece que tenemos que aprovechar cada minuto, convertir cada interés en una habilidad, cada habilidad en una oportunidad y cada oportunidad en dinero. Pero también necesitamos espacios en los que no tengamos que demostrar nada ni obtener ningún resultado.

El libro me recordó que el trabajo puede dar sentido a una parte de la vida, pero también puede invadir los espacios que necesitamos para descansar.

Y eso no significa que el protagonista no disfrute lo que hace. Más bien, muestra que incluso una actividad que uno ama puede volverse agotadora cuando deja de existir la posibilidad de practicarla sin exigencias.

El estrés ajeno también merece respeto

Esta parte me llevó a otra reflexión personal.

En alguna ocasión, alguien me dijo que yo me quejaba por puras tonteras. Quizá, desde su perspectiva, mis problemas no parecían tan importantes. Pero me parece peligroso asumir que podemos medir el sufrimiento de los demás desde afuera.

No siempre sabemos lo que una persona está atravesando. Tampoco podemos determinar cuánto le afecta una situación únicamente por la manera en que se presenta ante los demás.

A veces vemos a alguien con dinero, reconocimiento, trabajo o una vida aparentemente cómoda y suponemos que no tiene motivos para sentirse mal. Nos cuesta comprender que una persona puede haber conseguido muchas cosas y, aun así, estar pasando por un momento difícil.

Esto me hace pensar en lo fácil que es minimizar el estrés ajeno y en la importancia de no hacerlo. No necesitamos comprender por completo la experiencia de otra persona para reconocer que puede estar sufriendo.

El éxito visible no nos permite conocer toda la vida de alguien.

Y, precisamente por eso, creo que es importante no desestimar las dificultades de los demás solo porque sus circunstancias parecen mejores que las nuestras.

9. La sobreexposición: contactos, apariencias y relaciones de conveniencia

Hacia el final del libro, el Cesarito también reflexiona sobre la sobreexposición y las relaciones que se construyen alrededor de la fama.

Cuenta que tiene numerosos contactos, incluso personas que sabe que sienten antipatía por él, pero que aun así podrían ayudarlo si alguna vez las necesitara. También parece existir una conciencia mutua de ese desprecio: personas que no se agradan, que lo saben y que, pese a ello, mantienen algún tipo de vínculo.

Me pareció interesante porque no creo que sea una realidad exclusiva de los famosos, los creadores de contenido o las personas que viven expuestas en redes sociales.

A una escala mucho más pequeña, también ocurre en el mundo laboral y en la vida cotidiana.

Me ha pasado encontrarme con personas que no me simpatizan o saber que hay gente que habla mal de mí, especialmente en el ámbito laboral. Sin embargo, uno trata de mantener una relación funcional, hacer bien su trabajo y seguir adelante.

No siempre podemos elegir con quién nos relacionamos. A veces hay que colaborar con personas con las que no existe afinidad, porque tenemos responsabilidades, necesitamos trabajar, pagar las cuentas y llevar dinero a la casa.

Eso no significa que debamos fingir intimidad o convertir todas las relaciones en amistades. Simplemente, hay situaciones en las que la convivencia requiere una dosis de pragmatismo.

El libro me hizo pensar que la fama amplifica dinámicas que ya existen en la vida de cualquier persona: las relaciones de conveniencia, los contactos que se mantienen por utilidad, las antipatías que no impiden colaborar y la necesidad de desenvolverse en espacios donde no todos nos quieren.

La diferencia está en la escala y en la cantidad de personas que observan esas relaciones.

10. El humor, la ficción y una escritura que consigue dejar algo más

Una de las cosas que más disfruté fue la manera en que el libro combina situaciones absurdas con reflexiones que, en ocasiones, son bastante profundas.

Hay relatos que parecen sacados de una película. Algunos son tan exagerados que resulta difícil leerlos sin reírse. Otros tienen un tono incómodo, extraño o directamente perturbador.

Sin embargo, no siento que el libro dependa exclusivamente de provocar una reacción cómica. Debajo de las anécdotas aparecen temas que permiten pensar en la familia, la infancia, el consumo de drogas, el trabajo, la soledad, la vocación y las relaciones humanas.

También me gustó que no se concentre constantemente en las aventuras sexuales del protagonista. Es un recurso que he encontrado en otros libros y que, en ocasiones, termina ocupando demasiado espacio. Aquí, aunque existen algunas situaciones de ese tipo, no constituyen el centro de la narración.

Hay una anécdota sobre una compañera de la infancia que le daba besos y cuya conducta le parecía extraña, por ejemplo. La situación se presenta desde la perspectiva del niño y deja una sensación de desconcierto. Pero el libro no necesita convertir cada relación en una aventura sexual para mantener el interés.

Prefiero esta forma de narrar: una historia que puede ser graciosa, desagradable o extravagante, pero que no depende de un único recurso para sostenerse.

Además, me parece que el autor tiene una capacidad particular para introducir reflexiones dentro de relatos que, en principio, parecen estar destinados simplemente a entretener. Uno puede comenzar leyendo una anécdota absurda y terminar pensando en una experiencia propia.

Eso fue lo que me ocurrió en varias ocasiones.

La conexión con otra lectura

Durante esta relectura también pensé mucho en Buscando al hombre del río, un libro que me recomendó el propio Cesarito en uno de sus videos.

Es una lectura que me marcó especialmente. Si tuviera que nominar el mejor libro que he leído este año, o incluso uno de los mejores que he leído en mucho tiempo, estaría entre mis principales candidatos. Me gustó tanto que sigo pensando en él y hasta he soñado con su historia.

Por eso, encontrar la recomendación de ese libro vinculada al autor de esta lectura me hizo sentir una conexión particular. Llegué a aquella obra gracias a uno de sus videos y ahora, al volver a leerlo, me descubro pensando nuevamente en ella.

No necesariamente coincido con todo lo que César comenta o interpreta, pero eso no impide reconocer el valor de una recomendación que me llevó a encontrar un libro tan significativo.

De hecho, me parece una de las cosas más bonitas que puede ocurrir con la lectura: un libro te lleva a otro, una persona te recomienda una historia y esa historia termina acompañándote mucho más allá de lo que imaginabas.

11. El mensaje final: intentarlo, equivocarse y volver a empezar

En las últimas páginas, el libro abandona parcialmente el tono anecdótico y adopta un discurso más emotivo sobre la importancia de intentarlo.

La idea es sencilla: si quieres hacer algo, hazlo. Si quieres convertirte en youtuber, crear videos, aprender a tocar guitarra o desarrollar una habilidad, empieza. No esperes necesariamente a tener todas las condiciones resueltas ni a ser bueno desde el principio.

El protagonista explica que él mismo probó distintas cosas porque quería encontrar su vocación. No todo funcionó, pero esos intentos formaron parte del camino que finalmente lo llevó a hacer lo que hace hoy.

Estoy bastante de acuerdo con esa reflexión.

Creo que muchas personas abandonan demasiado pronto cuando algo no les resulta. Intentan una vez, comprueban que no son especialmente buenos y concluyen que no sirven para ello.

Pero aprender una habilidad implica atravesar una etapa en la que los resultados no son los que uno espera. Hay que equivocarse, observar qué salió mal, practicar y volver a intentarlo.

El libro plantea una idea que me parece muy bonita: es mejor ser malo tocando guitarra y tener la posibilidad de mejorar que no intentarlo nunca por miedo a hacerlo mal.

Esto se relaciona con la práctica deliberada, es decir, con la idea de mejorar mediante una práctica consciente y sostenida, en la que uno identifica sus errores, trabaja sobre ellos y desarrolla progresivamente sus capacidades.

No basta con repetir algo de cualquier manera. También es importante aprender de la experiencia, corregir y mantener la constancia.

Sin embargo, el mensaje no se limita a decir que todo es posible si uno lo desea. También reconoce que conseguir determinadas cosas tiene un costo.

Si quieres construir un proyecto propio, vivir de tu contenido, viajar por el mundo o alcanzar una posición económica determinada, probablemente tendrás que dedicar mucho tiempo y esfuerzo. Puede que debas renunciar a ciertas comodidades o sacrificar parte de tu tiempo libre.

No todo depende de la suerte, aunque tampoco podemos ignorar que existen circunstancias y oportunidades que no están bajo nuestro control.

Lo importante es comprender que las cosas que admiramos en los demás suelen tener un proceso detrás que no siempre vemos.

Me gusta que el libro termine con esta invitación a intentarlo. No se trata de garantizar el éxito ni de afirmar que todos alcanzaremos cualquier objetivo que nos propongamos. Se trata de entender que, si nunca empezamos, tampoco tendremos la oportunidad de descubrir hasta dónde podemos llegar.

Y creo que es un mensaje especialmente valioso para los jóvenes, en una época en la que muchas veces vemos resultados inmediatos en las redes sociales y olvidamos todo el trabajo que puede existir detrás de ellos.

12. Mi impresión final: un libro sobre la vida, las marcas que deja y las posibilidades de cambiar

Me gustó este libro mucho más de lo que recordaba.

Lo había leído anteriormente, pero esta segunda lectura me permitió encontrar elementos que antes no había observado con tanta atención. Quizá ahora leo con una mayor conciencia de lo que me ocurre mientras avanzo por las páginas. Quizá también he cambiado yo, y por eso algunas experiencias del protagonista me resultan más cercanas.

Lo cierto es que no esperaba conectar tanto con una historia que mezcla ficción, humor y relatos aparentemente autobiográficos.

Encontré recuerdos de mi infancia, reflexiones sobre mi adolescencia y preguntas sobre la persona que soy hoy. Hubo episodios que me hicieron reír y otros que me llevaron a recordar experiencias que no fueron precisamente agradables.

La relación entre las drogas y la violencia fue uno de los aspectos que más me impactó. Descubrir años después que una persona que formó parte de mi infancia consumía cocaína me permitió reinterpretar muchas situaciones que, cuando era niña, no podía comprender. Leer escenas que me recordaron esas experiencias me hizo pensar en cómo cambia nuestra mirada cuando crecemos y adquirimos información que antes no teníamos.

También me quedo con la reflexión sobre las relaciones. Esa diferencia entre aceptar a alguien porque sí y sentir una curiosidad genuina por conocerlo me pareció especialmente significativa, porque me reconocí en ella. Me hizo pensar en cómo muchas veces dejamos que las circunstancias decidan por nosotros y en lo distinto que puede ser relacionarse desde un interés verdadero.

Y, por supuesto, me quedo con la importancia de encontrar una vocación, aprender de los errores y mantener la constancia. No creo que la vida se reduzca a trabajar sin descanso para conseguir dinero o reconocimiento. De hecho, una de las cosas que más me hizo pensar fue precisamente la posibilidad de que un trabajo que amamos termine ocupando todos nuestros espacios, incluso aquellos que antes nos servían para descansar.

Quiero poder disfrutar de las cosas sin que todo tenga que convertirse en una obligación. Leer porque me gusta leer, ver una película sin tener que escribir sobre ella y hacer cosas simplemente porque me producen alegría.

También pienso en mi hija y en la infancia que está viviendo. Mientras leía, ella saltaba de un lado a otro y apenas me dejaba concentrarme. Pero al mirarla sonreír, me encontraba pensando en lo distinta que puede ser su experiencia de la que tuvimos nosotros. Me gustaría que creciera con la posibilidad de disfrutar, aprender y equivocarse sin cargar con los mismos miedos que marcaron a tantas personas de nuestra generación.

Le dije que mis libros serían parte de su herencia y que me gustaría que algún día pudiera leerlos y apreciarlos. Espero que así sea. No sé cuáles de estas historias terminarán significando algo para ella, pero me gusta imaginar que encontrará en ellos una manera de conocerme, de entender algunas de mis reflexiones y de descubrir cosas que quizá nunca lleguemos a conversar directamente.

En cuanto a la escritura, terminé con una impresión muy positiva. Me parece un libro fluido, fácil de leer y capaz de mantener el interés sin recurrir constantemente a recursos sexuales o a situaciones que busquen escandalizar. Tiene humor, tiene momentos extraños y tiene pasajes que invitan a detenerse a pensar.

También me sorprendió su calidad física. Es un libro que se ha mantenido en muy buen estado a pesar de haberlo leído dos veces. He tenido otros libros cuyas páginas comienzan a desprenderse antes de llegar al final, así que no deja de ser un detalle que aprecio.

Lo leí en un día, sus 178 páginas pasaron rápidamente y terminé con ganas de volver a hablar de él.

No sé cuánto de lo que cuenta César Huispe es estrictamente real. Hay elementos que parecen exagerados, otros que se presentan abiertamente como ficción y algunos que podrían tener una base autobiográfica. No creo que sea necesario resolver todas esas dudas para valorar la lectura.

Al final, lo que me importa es que la historia consiguió conectar conmigo. Me hizo recordar, cuestionar, aprender y pensar en experiencias que forman parte de mi propia vida.

Por eso, más que un libro sobre un youtuber o sobre las anécdotas de un hombre que ha recorrido distintos caminos hasta encontrar su lugar, lo veo como un libro sobre la vida. Sobre crecer en circunstancias que no siempre comprendemos, cargar con experiencias que nos marcan, equivocarnos, buscar una vocación y descubrir que todavía podemos intentar algo diferente.

Y quizás esa sea la razón por la que me gustó tanto esta segunda lectura: porque no solamente volví a encontrarme con el libro, sino también con partes de mí misma que aparecieron mientras lo leía.

Lo recomiendo. No porque crea que todas sus historias deban tomarse literalmente, sino porque, detrás de su humor y sus exageraciones, encontré reflexiones que vale la pena llevarse. Es una lectura que se disfruta, que invita a pensar y que demuestra que una historia no necesita ser completamente autobiográfica para contener algo verdadero.

Y, después de terminarlo en un solo día, puedo decir que me alegra haber vuelto a abrirlo.