lunes, 17 de agosto de 2026

Nice to Know You - Incubus

Hay canciones que llegan en momentos extraños. No necesariamente porque hablen exactamente de lo que una está viviendo, sino porque una encuentra u lugar donde poner cosas que todavía no sabe cómo nombrar.

Últimamente he estado pensando en Nice to Know You, de Incubus.

No sé si la canción habla de esto. Probablemente no. Tampoco me interesa demasiado averiguarlo. A veces prefiero quedarme con lo que una canción provoca antes que con lo que supuestamente quiso decir quien la escribió. Para eso ya tengo suficiente con mis propias interpretaciones, que han sido bastante peligrosas últimamente, jajajaja.

Esta historia empezó mucho antes del día en que finalmente lo vi.

Muchísimo antes.

Empezó con conversaciones. Con respuestas largas que yo esperaba durante horas. Con preguntas que parecían pequeñas y terminaban en reflexiones enormes. Con esa curiosidad que, al principio, era bastante inocente: quería saber cómo pensaba. Me interesaba su cabeza. Su forma de mirar las cosas. Sus contradicciones. Su humor. Sus silencios. Esa manera tan suya de responder algo sencillo convirtiéndolo en una conversación que después podía quedarme dando vueltas durante días.

Después, bueno… se complicó.

Porque aparentemente una puede empezar interesándose por la cabeza de alguien y terminar interesándose también por el resto.

Hubo deseo. Muchísimo. Hubo material que debí haber pensado dos veces antes de enviar y material que finalmente no envié precisamente porque, contra todo pronóstico, a veces tengo frenos. Hubo conversaciones que se fueron hacia lugares que probablemente ninguno de los dos había planeado. Hubo bromas, dobles sentidos, escenas imaginadas, esa cosa de “yo no dije eso, usted está interpretando” que se volvió casi un deporte olímpico entre nosotros.

Y también hubo miedo.

Mucho.

Porque mientras yo avanzaba, él esperaba.

Y esa diferencia de velocidad empezó a convertirse en una especie de tema central. Yo quería cosas que parecían simples: salir, comer algo, caminar, ir al cine, compartir una tarde, hacer esas cosas absurdamente normales que hacen las personas cuando empiezan a conocerse. Él tenía un montón de cosas que resolver antes. Yo lo sabía. Lo entendía. O al menos eso creía.

Entonces empecé a preguntarme qué significaba ese tiempo.

Pensaba que quizás era algo así como: “Tengo que superar ciertas cosas, elaborar ciertas pérdidas, resolver mi vida y después podré saber si quiero algo con usted”.

Y yo esperaba.

Esperaba porque, para mí, no era una posibilidad abstracta. Era él.

No estaba esperando “a alguien”.

Estaba esperando a una persona concreta.

Y quizás ahí estaba una de nuestras diferencias más grandes. Yo sentía que sabía hacia dónde quería correr, mientras él todavía estaba tratando de decidir si quería caminar en esa dirección.

Después vinieron las discusiones.

Las interpretaciones.

Las frases que podían significar una cosa o exactamente la contraria.

Su racionalidad peleando con lo que él llamaba irracionalidad. Mi cabeza intentando traducir cada palabra. Yo leyendo silencios, bromas, pausas, cambios de tono. Él diciéndome que iba demasiado rápido. Yo intentando demostrarle que también sabía frenar.

Y, en medio de todo eso, aparecía ocasionalmente algo pequeño.

Un comentario donde me incluía en alguna situación futura.

Una comida donde  “no tendríamos que competir”.

Un Mazda que, si alguna vez compraba, me iba a contar.

Pequeñas cosas que quizás para él eran solamente comentarios lanzados al aire, pero que yo guardaba cuidadosamente porque, bueno, una también construye castillos con materiales bastante miserables.

Después llegó el famoso martes.

El día en que finalmente nos íbamos a ver.

Creo que nunca he estado tan nerviosa por encontrarme con alguien.

No me atrevía a mandarle la ubicación. Había llegado cerca y simplemente no podía hacerlo. Estaba dando vueltas como si en algún momento el universo fuese a resolverme el problema y decirme: “Ya, ahora sí, mándasela”.

Finalmente se la mandé.

Y él llegó.

Y lo vi.

Lo primero que hice fue abrazarlo.

Fue un impulso. Ni siquiera lo pensé demasiado. Le pedí permiso y después me lancé.

Pobre hombre.

Pero en ese momento no me importó demasiado mi dignidad.

Sentí su corazón.

Y no sé cómo explicarlo sin sonar completamente ridícula, pero fue lo mejor.

Después de tantos meses de texto, de imaginación, de deseo, de miedo, de conversaciones interminables, estaba ahí.

De verdad.

Tenía cuerpo.

Tenía voz.

Estaba caminando a mi lado.

Y yo estaba feliz.

Muy feliz.

No quería irme.

Ese es probablemente uno de los datos más importantes de todo esto.

Yo no quería irme.

Pero la historia no se parecía a la que había imaginado.

La conversación fue sencilla. Caminamos. Hablamos de cosas normales. Nada especialmente trascendental. Y quizás eso era precisamente lo que debía ocurrir. Quizás después de meses intentando encontrarle significado a cada cosa, la vida simplemente decidió ponerlo delante mío para hablar de cualquier tontera.

Pero después llegó el momento de hablar de lo que había ocurrido.

Y ahí mi ilusión empezó a desarmarse.

Espere un día. No quería presionar. 

No hubo una escena cinematográfica, no hubo alegría de su parte, ni entusiasmo.

Fue peor. 

Fueron palabras.

Él me contó que se había sentido incómodo. Que había tenido dificultades para conectar. Que había sentido poco contacto visual. Que incluso se había sentido estúpido siguiendo ciertas señales, que se sintió forzado.

Y yo lo escuchaba pensando:

¿Cómo puede ser?

Yo llegué feliz.

Yo estaba nerviosa porque quería verlo.

Yo lo abracé apenas lo vi.

Yo no quería irme.

¿Cómo podía haber vivido él ese mismo encuentro desde un lugar tan distinto?

Ahí sentí cómo mi ilusión se desvanecía en cuestión de segundos.

No porque hubiera sido cruel conmigo.

No porque me hubiese dicho algo horrible.

Quizás eso habría sido más sencillo.

Lo que dijo fue mucho más difícil de soportar porque era simplemente su experiencia.

Y su experiencia no se parecía a la mía.

Yo había esperado ese encuentro como quien finalmente abre una puerta después de meses.

Él salió de ahí hablando de incomodidad.

Yo había sentido que por fin algo se volvía real.

Él seguía sin saber muy bien qué hacer con todo aquello.

Y entonces apareció otra vez la palabra que más me ha perseguido durante todo este tiempo:

proceso - Tiempo - Ir despacio -No saber - Resolver - Esperar - Quizás - No sé - No puedo.

Y me di cuenta de que yo ya no podía seguir viviendo ahí.

No porque hubiera dejado de amarlo.

Todo lo contrario.

Porque lo amé.

Y ese es precisamente el problema.

No puedo tenerlo como quiero tenerlo y tampoco puedo dejar de quererlo porque él no esté preparado.

Puedo entender racionalmente todas sus razones y aun así despertarme con el corazón hecho mierda.

Puedo pensar que tiene derecho a su proceso y al mismo tiempo sentir que yo no tengo por qué quedarme esperando a que ese proceso termine.

Puedo alegrarme de que esté intentando hacer las cosas bien y sentir tristeza porque hacer las cosas bien, para él, quizás significa que yo no puedo estar donde quisiera.

Entonces cerré la puerta.

O intento cerrarla.

Porque una cosa es tomar una decisión racional y otra muy distinta es que el corazón reciba el memorándum.

Después hice locuras.

Muchas.

Veinte audios.

Aproximadamente quince videos.

Mensajes.

Explicaciones.

Más explicaciones sobre las explicaciones.

Un poco de alcohol, que nunca ha sido precisamente un aliado de mi capacidad para mantener la dignidad.

Dije cosas que probablemente habría sido mejor no decir.

También dije algunas mentiras innecesarias.

Pequeñas mentiras defensivas, de esas que una dice porque quiere controlar un poco la imagen que está dejando cuando en realidad ya está completamente expuesta.

Y después, cuando pasó la tormenta, me dio un poco de vergüenza.

Pero tampoco me arrepiento.

No de todo.

No de haberlo querido.

No de haberme atrevido.

No de haberle mostrado partes de mí que normalmente mantengo bastante más protegidas.

No de haber enviado cosas que quizás jamás pensé que enviaría.

No de haberlo abrazado.

No de haber sentido su corazón.

No de haber sido feliz ese día.

Incluso si después me dolió.

Quizás porque hay algo peor que hacer el ridículo por amor: no hacer nada por miedo a hacerlo.

Y yo ya hice suficiente de eso en otras partes de mi vida.

Así que sí.

Hice cosas terribles.

Jajajaja.

Pero también hice cosas hermosas.

Y entre unas y otras, supongo que fui yo.

Hoy intento mirar todo esto con un poco más de ternura.

No sé qué va a pasar con él.

Quizás nada.

Quizás la distancia haga lo que nosotros no pudimos hacer.

Quizás el tiempo convierta todo esto en una historia que algún día contaré con una sonrisa.

Quizás no.

Lo que sí sé es que hubo un día en que yo esperaba en el auto  nerviosa sin atreverme a mandar una ubicación porque iba a ver a alguien que llevaba muchísimo tiempo queriendo ver.

Y finalmente lo vi.

Lo abracé.

Sentí su corazón.

Fui feliz.

Y después tuve que aceptar que querer a alguien no siempre significa poder quedarnos.

Qué ironía

Tanto tiempo intentando descubrir si él me elegiría y terminé teniendo que elegir yo.

Elegirme a mí.

No porque él sea malo.

No porque lo nuestro haya sido falso.

No porque haya dejado de quererlo.

Sino porque también quiero volver a dormir tranquila.

Quiero volver a tener días en los que Telegram sea solamente Telegram y no un instrumento de tortura psicológica.

Quiero dejar de preguntarme si un silencio significa distancia, reflexión, miedo, culpa, deseo o simplemente que está ocupado.

Quiero poder quererlo sin estar esperando una resolución.

Y quizás eso sea lo que esta canción significa para mí ahora.

No una despedida dramática.

No un “nunca más”.

Más bien una especie de agradecimiento extraño.

Nice to know you.

Qué bueno haberte conocido.

Qué bueno haber sabido cómo piensas.

Qué bueno haberme reído contigo.

Qué bueno haber discutido.

Qué bueno haber aprendido cosas.

Qué bueno haber sentido.

Qué bueno, incluso, haber hecho un poco el ridículo.

Y qué bueno saber ahora que puedo sobrevivir a todo esto.

Todavía estoy triste.

Mucho.

Pero la tristeza no significa que haya tomado una mala decisión.

A veces significa simplemente que una decisión correcta también puede doler.

Y mañana, quién sabe.

Quizás me despierte triste.

Quizás me ría de los veinte audios.

Quizás borre alguno.

Quizás no.

Pero voy a estar bien.

No porque haya dejado de amarlo.

Sino porque, poco a poco, estoy aprendiendo que también puedo amarme a mí cuando alguien que amo no puede darme lo que necesito.

Y eso, por ahora, tendrá que bastarme.

Quizás le parecí menos atractiva en persona que en las fotografías.

Quizás no me vio. No de verdad.

Quizás la expectativa había sido mejor que la realidad.

Quizás el juego se le escapó de las manos y, cuando finalmente tuvo que estar frente a mí, no supo qué hacer con todo aquello que durante tanto tiempo había sido mucho más fácil sostener detrás de una pantalla.

Quizás se sintió decepcionado.

Quizás simplemente no hubo química.

Quizás fui demasiado nerviosa, demasiado poco presente, demasiado preocupada por cómo me estaba viendo.

Quizás él esperaba otra cosa.

Quizás ahora mismo está aliviado. 

Qué crueles pueden ser los quizás cuando una está triste.

Porque ninguno de ellos tiene respuesta y, aun así, todos parecen suficientemente convincentes para hacer daño.

Tuvo suerte de que yo no fuera alguien que insiste cuando siente que no está siendo correspondida. Porque quizás, si lo fuera, habría intentado reparar el encuentro, explicarme mejor, conseguir que me mirara de otra manera, demostrarle que sí podía haber algo ahí. Pedir otro encuentro ? Jajajaja. 

Creo que si hubiera sabido que era la última vez que lo vería lo hubiese hecho mejor.

Pero no quiero convencer a nadie.

Me duele el corazón, eso sí.

Muchísimo.

Y quizá esa sea la parte más difícil de aceptar: que puedo estar triste, puedo sentirme rechazada, puedo inventarme cien explicaciones crueles y, aun así, no saber cuál de todas es verdad.

Lo único que sé es que yo llegué feliz de verlo. Y luego, el peso de la verdad cayó sobre mí. Lo único bueno y feliz que recordaba, ahora es un amargo recuerdo del que ya me repondré. 

Quizás para él esto terminó hace una semana. Quizás cerró la puerta y sintió alivio, como quien por fin deja en el suelo un peso que llevaba demasiado tiempo cargando. Quizás ya volvió a sus cosas, a su vida, y yo apenas aparezco en algún rincón de sus pensamientos. Qué triste descubrir que algo que para mí todavía duele como si hubiera ocurrido ayer, para él quizás ya terminó. Y mientras yo intento aprender a soltarlo, quizá él simplemente ya lo hizo.


Adiós (good bye ) , fue un gusto conocerle.





sábado, 25 de julio de 2026

Monotonía - Shakira, Ozuna

 Hay una parte de esta canción que me quiebra. Dos o tres lágrimas salen al mismo tiempo que siento ese nudo en la garganta.

“Hay que escribir de esta wea”, pensé  ayer, como a las siete de la mañana.

He conocido a varias personas en vías de separarse, ya separadas o separándose. Me incluyo. Y es curioso porque esta canción ni siquiera habla necesariamente de una separación, pero para mí parece estar empapada de eso. O quizás soy yo la que está empapada de eso y la escucha desde ahí.

Las razones para terminar una relación pueden ser muchas, pero siento que, en el fondo, varias coinciden en algo: hay cosas que llegan a su límite. Cosas que estuvieron ahí mucho antes del final, dejándose ver. Las famosas banderas rojas. Algunas pequeñas, otras enormes. Y uno, por amor, por paciencia, por esperanza, por juventud, por miedo o simplemente porque cree que las cosas pueden cambiar, las va dejando pasar. Y no siempre pasa algo terrible. A veces ese es justamente el problema.

No hay un gran acontecimiento que marque el final. No hay un día exacto en que todo se va a la mierda. Hay pequeñas renuncias, decepciones, silencios, necesidades que postergas. Te acostumbras. Aprendes a vivir con ausencias hasta que dejan de parecerlo porque ya forman parte de lo rutinario. Hasta que un día te cansas. Y quieres salir corriendo.

Estaba corriendo por alguien

que por mí ni estaba caminando.

Hace poco alguien me dijo que yo corría. Y quizás por amor, por esa ceguera que a veces provoca querer mucho a alguien, pensé que podía parar. Caminar más lento. Ajustar mi paso al suyo. Pensé: quizás querer también es eso. Pero no, señor. Yo voy a correr.

Y si no hay nadie que quiera correr conmigo, entonces no es ahí. Porque ya me pasó. Estuve con un hombre que caminó prácticamente todo el tiempo. Y no quiero ser injusta con esa historia: ese andar me sirvió, me acompañó y me gratificó muchas veces. Hubo amor, hubo cosas bonitas, hubo una vida que construimos y de la que nació un lazo que será para siempre.

Pero también hubo vacíos. Y hubo soledad.

Tú distante con tu actitud

y eso me llenaba de inquietud.

Tú no dabas ni la mitad…

Una soledad particularmente extraña, porque no estaba sola. Estaba sola en pareja. Y aprendí a vivir así.

Creo que eso es lo más peligroso de algunas carencias: no que duelan siempre, sino que uno se acostumbra  a ellas. Puedes construir una vida alrededor de lo que falta. Puedes aprender a no pedir, a no esperar demasiado, a llenar tú misma los espacios que el otro deja. Y llega un punto en que incluso puedes creer que eso es estar bien.

Quizás uno no se da cuenta de cuánto se ha acostumbrado a recibir poco hasta que recuerda cuánto necesitaba al principio.

Te olvidaste de lo que algún día fuimos.

Y sí. A veces uno también se olvida. Se olvida de cómo era antes de empezar, de las cosas que esperaba, de cuánto quería compartir. Se olvida incluso de que hubo un tiempo en que esos dos caminaban juntos y ninguno tenía que estar pidiéndole al otro que apurara el paso.

Por eso agradezco esa relación. No necesito convertirla en algo malo para entender por qué terminó. Me dio muchísimo y también me enseñó qué cosas no quiero volver a vivir. Porque una historia puede haber sido hermosa, importante y real, y aun así dejar de ser el lugar donde quieres quedarte.

Quizás por eso hoy entiendo distinto eso de correr. No quiero que alguien corra detrás de mí ni tener que perseguirlo. Tampoco quiero volver a convencerme de que caminar sola al lado de alguien es compañía.

Quiero coincidir. Reciprocidad. 

No necesariamente correr a la misma velocidad todo el tiempo. Habrá días en que uno se canse, se detenga o necesite que el otro lo espere un poco. Supongo que eso también es querer. Pero una cosa es esperarse de vez en cuando y otra muy distinta pasar la vida tratando de alcanzar a alguien o frenándote para que la distancia no se note.

Y si algún día vuelvo a correr con alguien, espero que no sea porque uno intenta alcanzar al otro, sino porque, por un rato o por muchos años, ambos queremos ir hacia el mismo lugar.

Y si no hay nadie corriendo conmigo, seguiré corriendo igual.

Yo te quiero, pero me quiero más a mí.

Quizás de eso se trata al final. No de querer menos al otro para poder irte. A veces puedes querer muchísimo y aun así entender que quedarte te está costando demasiado.

Un adiós necesario, Lo que un día fue increíble se volvió rutinario 

Al menos esta vez sabré que no me estoy quedando atrás de mí misma por esperar a alguien.

Y, por favor, no esperen hasta que sus labios ya no sepan a nada.

No esperen a que la indiferencia haga el trabajo que ustedes no se atrevieron a hacer. A que un día miren a la persona que tienen al lado y ya no recuerden cuándo dejaron de buscarla, de desearla, de elegirla. No hace falta llegar al punto en que no quede nada para reconocer que algo lleva mucho tiempo faltando.

Háblenlo antes. Mírenlo antes. Intenten encontrarse antes.

Y si después de todo eso uno quiere correr y el otro apenas quiere caminar, quizás toca aceptar que ya no van hacia el mismo lugar.

Y que cada uno siga su camino. Corriendo o caminando, como sea el caso jajaja.

lunes, 20 de julio de 2026

Si no se abrir mis manos - Lucybell

 Hay canciones que parecen escritas para pedir perdón antes de que alguien acuse el aparente daño, ponerse el parche antes de la herida, diría alguien por ahí. Como si el narrador llevara tanto tiempo defendiéndose que ya no distinguiera entre un juicio real y uno imaginario. En esta canción, mi sensación fue : alguien justificándose por existir.

“Si sonrío no es burla”. Qué frase tan curiosa. Nadie aclara algo así si no ha sentido que su sonrisa ha sido malinterpretada antes. Es casi un manual de instrucciones para convivir con él. Como diciendo: Si me ves callado, no es desprecio. Si me escondo, casi es por mí. Si algo no parece lógico…, perdón de mi cabeza. Qué más.

Y ese “qué más” tiene algo de resignación, pero también gracioso , es como un largo bostezo. A propósito, esa fue la sensación predominante cuando fui al primer y único concierto de la Banda jaajja, perdón Claudio, Eduardo y (en ese entonces no estaba Cote) Francisco, de mi cabeza… que más, que más, que más ? . Es equivalente a levantar los hombros y decir: “hice lo que pude”. No intenta convencerte, tampoco promete cambiar. Solo parece cansado de explicar el funcionamiento de una maquinaria que ni él entiende.

Hay algo que me llama especialmente la atención: nunca culpa al otro. Todo vuelve hacia él. Es una colección de disculpas sin que nadie las haya pedido. Un catálogo de advertencias para evitar decepciones. 

La imagen de “si no sé abrir mis manos y quieres que tome el cielo, eso es dejarlo caer” suena a la parte más honesta de toda la canción. No habla de falta de amor, habla de incapacidad. Hay personas que no destruyen las cosas porque quieran hacerlo, simplemente no aprendieron a sostenerlas.

Y aquí aparece la contradicción más entretenida. La banda decide envolver toda esa melancolía en una música luminosa, casi optimista, alegre.  Me invita, desde el comienzo, a dar pequeños brincos, como si estuviera haciendo el calentamiento previo a  correr una maratón. Como si alguien estuviera bailando mientras confiesa las  inseguridades más profundas. Hacia el final existe un silencio marcado, y piensas que la canción terminó, pero sigue … te sigue invitando a precalentar, quizás como recordándote que  las disculpas venideras no acabarán, pero te mantendrás optimista al afrontarlas. Es una decisión brillante. Porque así funcionan muchas personas: ríen mientras se disculpan (si sonrío no es burla), hacen chistes mientras se rompen un poco por dentro, creyendo que alivian la incomodidad ajena.

Quizá por eso la canción no se siente dramática. Se siente humana. Nadie quiere ser protagonista de su propio desastre todos el tiempo,  a veces uno prefiere ponerle una melodía alegre y seguir caminando.

También me hace pensar en esa mala costumbre que tenemos algunos de traducir cualquier gesto del otro como evidencia de que hicimos algo mal. El silencio es culpa nuestra. La distancia también. Una cara seria, seguramente la provocamos nosotros. Vivimos redactando defensas para un juicio que, muchas veces, ni siquiera llegará.

Y entonces aparece otra vez ese “perdón de mi cabeza”. No pide disculpas por una acción en particular , sino por la forma en cómo funciona su mente. Como si el verdadero conflicto ocurriera siempre allí. Es una frase sencilla, pero encierra una idea no menor: hay batallas internas que terminan salpicando a quienes más queremos.

Al final, creo que la canción no intenta justificarse para obtener la absolución. Solo quiere ser comprendida. Como diciendo: “esto soy, no siempre tiene sentido, tampoco para mí”. Y, curiosamente, esa sinceridad resulta mucho más convincente que cualquier explicación.

Tal vez por eso sigue sonando alegre. Porque incluso las personas que cargamos  con una tormenta en la cabeza, de vez en cuando, también ponenemos música para que el ruido no se note tanto.

domingo, 19 de julio de 2026

Caldillo de congrio - Los tres

Últimamente he estado un poco floja para leer. Casi termino Quiet, pero me ha costado avanzar como antes. Así que, en un pequeño giro inesperado, decidí empezar a incluir música en el blog. Me pareció interesante explorar lo que las canciones también pueden decir (o hacer sentir) cuando las palabras parecen insuficientes.

Hoy me muevo hacia un lado y veo el pasado…

Hace algún tiempo,  esta canción se había  convertido en la mejor representación de la trama que se estaba desarrollando en mi propia vida. No porque entendiera cada verso, sino porque algo en su caos, en su resignación y en su tono gris, parecía hablar o entender mi mismo idioma. Cada vez que llegaba al final, repetía una y otra vez, casi con desesperación: “No más acciones, queremos palabras.” Como un mantra.Y eso era exactamente lo que me pasaba.

No me bastaban las miradas, ni la pasión, ni la alegría de verme reflejada en sus pupilas dilatadas. Tampoco los gestos, las comidas preparadas. Quería palabras. Quería que se detuvieran a escribirlas, a nombrar lo que sentían, a convertir el silencio del chat en algo menos ambiguo.

La repetí tantas veces que  siento que la profeticé.

Hoy,  la vida da un giro inesperado, como dice otra canción .. una burla del destino? . Tengo palabras. Muchas palabras, incluso más de las que alguna vez imaginé. Y, sin embargo, ahora estoy pensando  exactamente lo contrario: qué ganas de que las palabras se conviertan en acción.

Quizás nunca se trató de elegir entre una cosa y la otra. Tal vez la canción tampoco hablaba de eso. Porque, igual que sus versos, algo fragmentados, extraños, llenos de imágenes que parecen no encajar (Me convertí en pez esquiador, Adoro el agua y al redentory, aun así, terminan construyendo una sensación , las relaciones también pueden quedar incompletas cuando una parte intenta reemplazar a la otra.

“Seca mi cara, seca en edad

Son mil años sueltos, se pueden juntar

No entiendo el oro, azúcar ni sal

Ni quiero entenderlos; vienen y van”

“Pasé la plaga de la ansiedad”. Esta frase, escondida por ahí me viene como anillo al dedo. Necesito superar esa plaga. Esa es otra cara de lo que siento por estos días. Siento que podría ser el caso, esta vez, puede que valga la pena intentar matarla  y si no lo vale, me quedaré con un valioso aprendizaje, sin duda.

Al final, ni las acciones alcanzan sin palabras, ni las palabras sostienen demasiado si nunca terminan caminando (o corriendo) por sí solas.

lunes, 6 de abril de 2026

Papelucho

 Buen libro, es papelucho comunista, papelucho no sabe nada de la vida. Los padres no le conversan y se imagina pura weas jaajaj. Perdón hija mía si esta no fue la mejor entrada.


miércoles, 29 de octubre de 2025

Apaga el celular y enciende tu cerebro ( Pablo Muñoz Iturrieta)

A propósito de todas las cosas que han estado pasando, me fue de gran utilidad leer el libro “Apaga el celular y enciende tu cerebro” de Pablo Muñoz Iturrieta.
Debo reconocer que al comienzo me dio bastante susto: quise tirar el celular por la ventana, apagarlo y no verlo nunca más.
De hecho, asumí el desafío que plantea en las primeras páginas y decidí hacerlo: apagar el teléfono, no desinstalar aplicaciones ni dejarlo en silencio, sino apagarlo de verdad, ni siquiera encenderlo para responder mensajes importantes.
Fue una especie de desintoxicación real, casi como volver a habitar mi mente sin interrupciones.

Y en ese silencio, comprendí algo: que el ruido más fuerte no viene del teléfono, sino de lo que tememos escuchar cuando todo calla.
Apagar el celular no fue solo un acto de desconexión digital, sino una reconciliación con mi propio pensamiento y luego me deprimí aun mas jajaaj, no mentira.

El otro día ,bueno, hace unas semanas ya, jaja, me junté con unas personas… ¿y me creerán que no hablé nada con ellas?

Estaban todo el rato en el teléfono. No las veía hace tiempo, pero la “interacción” se redujo a mirar reels en silencio.

Me quedé pensando: ¿será que me volví tan aburrida?Sin ir más lejos, hace poco me junté con alguien que, apenas llegó la comida, le tomó una foto, la mandó a un grupo, y acto seguido… comenzó a hablar con otras personas.Entonces me cuestioné: ¿qué chucha nos está pasando, weón?

¿De verdad vamos a avanzar hacia un mundo donde la interacción real con las personas valga nada?Vi hace poco un estudio  del cual dudo de su veracidad, pero tampoco tengo pruebas ni dudas, jaja que decía que la gente es cada vez menos propensa a experimentar el dolor o emociones fuertes.Que nos aislamos, que nos refugiamos en el maldito teléfono.Y ojo, no es que sea grave: entiendo que uno de repente avise “oye, ya llegué” o que una mamá quiera ver cómo están sus hijos.Pero si no eres padre ni madre, o tu hijo está ahí mismo, ¿no te parece una falta de respeto estar todo el rato pegado al maldito teléfono?A veces pienso que el problema no es que falte conexión… sino que nos estamos conectando con todo, menos con lo que realmente importa.

Por fin terminé el libro (hoy, 1 de febrero de 2026). Empecé el resumen el año pasado.

Creo que es un buen libro para llamar a la reflexión. Como persona ligada al mundo de la tecnología y los algoritmos, tengo mis propias dicotomías con este tema, pero, en general, lo que se plantea son cosas que podemos observar. Para mí no es un llamado a apagar el celular de forma literal y nunca más comunicarme, ni a borrar redes sociales; más bien es una invitación a tener control, ser consciente y tratar de que tu propia vida tenga elementos que te hagan disfrutar de las cosas simples y reales.

Sí creo que estamos ante generaciones enfermas de dopamina: enfermas de ansiedad y depresión. Y la tecnología o mejor dicho, las redes sociales  tienen algún grado de responsabilidad. ¿Qué lleva a un adolescente o a un adulto a quedar absorto, deslizando videos, en vez de salir a caminar, trotar o compartir con amigos? Personalmente, me molesta mucho cuando comparto con alguien y no está atento. Además, los encuentro hipócritas, porque cuando les hablas por chat no te quieren hablar. Entonces, ¿cómo es el asunto? Estamos rodeados de gente hipócrita: si están contigo, están hablando con alguien más en el teléfono; o si les hablas por teléfono, no te responden porque seguramente están ocupados (jajaja).

Yo tengo claro que, si alguien no responde mi mensaje, es simple: está haciendo otra cosa mucho más estimulante o interesante que hablar conmigo. En general me gusta conversar, escuchar ideas y reflexiones, pero tengo que adaptarme a que la gente, por lo general, no está en esa. Es triste, pero no hay nada que hacer. En este aspecto, me siento mucho más acompañada con la IA, porque responde de inmediato. Hay cierta latencia, sí, pero al menos da la idea de que te escucha.

Y luego está esa parte de hacia dónde estamos avanzando: si las redes nos hacen sentir cada vez más vacíos, nos comparamos con quienes viajan y comparten imágenes de paisajes hermosos… paisajes que quizás nunca conoceremos. En fin.

Hace no mucho fui a ver a una prima. ¿Me creerías, Marti, que casi no hablamos? Estuvo todo el tiempo en el teléfono y, cuando por fin habló, fue para comentar algo que vio en TikTok (jajaja). Bueno, así estamos.

En resumen, tengo algunas impresiones del libro. Por ejemplo, habla de “funciones exponenciales” cuando claramente no las hay: menciona un estudio donde relacionaban depresión y ansiedad en jóvenes desde que tenemos redes sociales, y decía que “la función exponencial ha crecido así”, pero la gráfica no era exponencial (ya sé, me siento friki por decir esto). También repite demasiadas veces algunas palabras, como “exacerbar”. Una profe decía que había que usar sinónimos. Y faltó que usara la palabra “hubieron” mal para cerrar el libro y tirarlo… eso. Pero, más allá de esas impresiones, es un libro que merece la pena, sobre todo para padres de jóvenes y niños, y también para quienes están por nacer: hay que limitar el uso. Estar demasiado inmerso te enferma y coarta tu libertad. Las redes son responables de que hoy en dia mucha gente encuentre super normal que alguien se mutile, porque no se siente conforme con el cuerpo que tiene, en vez de avanzar hacia el entendimiento de esta enfermedad es mucha mas rentables mutilar penes, y armar vaginas que nunca sentiran un orgasmo. (Sin ir más lejos vean la historia de Jess el primer niño trans, es un crimen lo que le hicieron , sin embargo , se siguen impulsando ideas de transhumanismo, porque te convencen de que es un problema donde la solución correcta es la mutilacion y anulación de tu identidad )

Y recuerden: si una aplicación es gratuita, lo más probable es que te estén “espiando” (KDS). La forma en que ganan dinero esas apps gratis es vendiendo tu información, así que ojito ahí.

En la Antigua Roma, cuando alguien tenía deudas que no podía pagar, se transformaba en addictus, una especie de esclavo por deudas. Es curioso cómo ha mutado la palabra, porque si nos fijamos bien, hay una adicción latente hacia las redes: una adicción que termina esclavizándote. ¿Cuántas veces dices “es que no tengo tiempo para salir o leer un libro”? Pero si miras las horas que pasas con tu estúpido teléfono, te darás cuenta de que no es falta de tiempo: es falta de ganas.






martes, 14 de octubre de 2025

Seda (Alessandro Baricco)

El otro día, mientras deslizaba historias en Instagram, me encontré con una del gran humorista chileno Edo Caroe, que recomendaba este libro diciendo que era liviano, buenísimo y de lectura rápida. Justo lo que necesitaba. Así que pensé: “bueno, por qué no”, y lo compré. Además, no era caro 😅.

Cuando llegó y lo empecé, la verdad no prometía mucho. Más allá de enterarme de que la seda viene de gusanos (dato curioso jaja), pensé que iba a ser otro libro más que quedaría apilado esperando turno. Pero poco a poco me fue enganchando.

Al principio parece la historia de un hombre que se enamora a primera vista de una mujer que jamás escucha su voz, un amor platónico casi ridículo. Pero de repente el libro da un giro y se centra en Hélène, su esposa.

El tipo se iba por seis meses a Japón a buscar huevos de gusano para producir seda en Francia (¡seis meses ida y vuelta!). Su relación con Hélène era más bien por costumbre, como tantas que existen hoy. Y en uno de esos viajes se enamora de otra mujer (que ni siquiera era japonesa), pareja de un tal Hara Kei. Ese amor raro se alimenta solo de miradas.

Hay una parte confusa donde ocurre algo íntimo, pero no con ella, sino con una amiga 🤨. No entendí muy bien por qué no pasó nada con la protagonista si estaba todo dado… ¿le estaba haciendo gancho a la amiga? jaja. Pero bueno, la mujer le entrega una carta escrita en japonés donde le dice que si no vuelve, moriría de pena. Obviamente el hombre queda obsesionado y hasta vuelve a Japón en plena guerra por ella.

Mientras tanto, Hélène ,la esposa, ya sospechaba algo. Llora en silencio, intuyendo la traición. Cuando él regresa, lleva esa carta y la manda a traducir con una madame dueña de un prostíbulo (sí, así de random). Ahí se entera del mensaje.

Después, el tipo vuelve a Japón en medio de la guerra (porque sí, nadie lo obliga). Y uno sabe que no va por trabajo, sino por amor. Pero cuando llega, todo está devastado. Un niño lo guía hasta donde estaban escondidos los japoneses, y Hara Kei ,al enterarse de que el niño llevaba un mensaje de amor de su amada,lo mata. Tremendo. Luego le perdona la vida al protagonista, que regresa a Francia sin gusanos y sin amor.

Años después, sumido en tristeza, recibe una carta de 17 páginas en japonés. Supuestamente era de la muchacha. La lleva a traducir y resulta ser una carta llena de erotismo y deseo, donde ella le dice al final que lo olvide, que lo que vivieron fue un regalo. Tras esto el queda mas tranquilo y vuelve un poco la alegría a su vida. Pero aquí viene el golpe final: esa carta no la escribió la japonesa… sino Hélène. Fue su esposa quien la mandó redactar en japonés, imaginando lo que la otra habría dicho, solo para devolverle a su marido la ilusión y calmar su dolor. Poco después, Hélène muere repentinamente, de una fiebre… aunque yo juro que murió de amor 💔. El se da cuenta de esto después como años después cuando ella ya estaba muerta, descubre la verdad.


Y ahí me quedé pensando… ¿hasta qué punto el amor nos hace hacer ese tipo de cosas? ¿Hasta dónde llega lo verdadero y lo sano? Porque siento que Hervé se da cuenta demasiado tarde del amor que tenía al lado, mientras perdía el tiempo suspirando por alguien que jamás le escucho ni la voz.

Al principio pensé que era un romántico empedernido, que viajar a Japón en plena guerra por amor era jugado, pero ahora que lo pienso… bastante tonto el weón 😂. Tenía todo en casa y lo dejó pasar. Pero así es el amor: a veces ciego, obsesivo y un poco idiota.

Yo creo que Hélène tampoco se amaba mucho. ¿Cómo te quedas con un tipo que cruza el mundo por otra? ¡No, amiga, ahí no es! 😤 Y Hervé, por su parte, fue un cobarde con ambas: no tuvo los pantalones para vivir su pasión ni para cuidar lo que sí tenía.

En fin, el libro te deja pensando en lo complejo que puede ser el amor, en cómo a veces nos aferramos a lo imposible y descuidamos lo real.
Soy pro sentir, aunque duela, aunque el otro quede con tu corazón en la mano. Pero sentir de verdad. Porque si no es con todo, ¿pa’ qué? ❤️ Mas encima muere un niño por nada jajaaj, bueno eso saludos y viva el amor.

Soy una mujer atemporal. Hoy todos parecen tener miedo de sentir, de decir “te quiero”. Quizás sea ansiedad, o miedo a ser lastimados, a no cumplir las expectativas. Somos hijos de esos padres que lo hicieron todo mal que dijeron “te amo” muy pronto, que se equivocaron  y crecimos con ese temor heredado. Tal vez por ahí va el asunto, no lo sé.

Pero yo no tengo miedo de decir lo que siento. Bueno, vergüenza sí da un poco, porque no ser correspondido es dramático igual. Aun así, dentro de lo que se puede, está bien declararse, ¿no? Jajaja.

Hago un llamado a los hombres de hoy: ¡juéguensela nomás! ¿Qué tanto se puede perder? Como dice el dicho, “el óvulo no persigue al espermatozoide”, así actúa la naturaleza. Así que eso: atrévanse, que aparte de la dignidad, ¿qué más se puede perder?