lunes, 17 de agosto de 2026

Nice to Know You - Incubus

Hay canciones que llegan en momentos extraños. No necesariamente porque hablen exactamente de lo que una está viviendo, sino porque una encuentra u lugar donde poner cosas que todavía no sabe cómo nombrar.

Últimamente he estado pensando en Nice to Know You, de Incubus.

No sé si la canción habla de esto. Probablemente no. Tampoco me interesa demasiado averiguarlo. A veces prefiero quedarme con lo que una canción provoca antes que con lo que supuestamente quiso decir quien la escribió. Para eso ya tengo suficiente con mis propias interpretaciones, que han sido bastante peligrosas últimamente, jajajaja.

Esta historia empezó mucho antes del día en que finalmente lo vi.

Muchísimo antes.

Empezó con conversaciones. Con respuestas largas que yo esperaba durante horas. Con preguntas que parecían pequeñas y terminaban en reflexiones enormes. Con esa curiosidad que, al principio, era bastante inocente: quería saber cómo pensaba. Me interesaba su cabeza. Su forma de mirar las cosas. Sus contradicciones. Su humor. Sus silencios. Esa manera tan suya de responder algo sencillo convirtiéndolo en una conversación que después podía quedarme dando vueltas durante días.

Después, bueno… se complicó.

Porque aparentemente una puede empezar interesándose por la cabeza de alguien y terminar interesándose también por el resto.

Hubo deseo. Muchísimo. Hubo material que debí haber pensado dos veces antes de enviar y material que finalmente no envié precisamente porque, contra todo pronóstico, a veces tengo frenos. Hubo conversaciones que se fueron hacia lugares que probablemente ninguno de los dos había planeado. Hubo bromas, dobles sentidos, escenas imaginadas, esa cosa de “yo no dije eso, usted está interpretando” que se volvió casi un deporte olímpico entre nosotros.

Y también hubo miedo.

Mucho.

Porque mientras yo avanzaba, él esperaba.

Y esa diferencia de velocidad empezó a convertirse en una especie de tema central. Yo quería cosas que parecían simples: salir, comer algo, caminar, ir al cine, compartir una tarde, hacer esas cosas absurdamente normales que hacen las personas cuando empiezan a conocerse. Él tenía un montón de cosas que resolver antes. Yo lo sabía. Lo entendía. O al menos eso creía.

Entonces empecé a preguntarme qué significaba ese tiempo.

Pensaba que quizás era algo así como: “Tengo que superar ciertas cosas, elaborar ciertas pérdidas, resolver mi vida y después podré saber si quiero algo con usted”.

Y yo esperaba.

Esperaba porque, para mí, no era una posibilidad abstracta. Era él.

No estaba esperando “a alguien”.

Estaba esperando a una persona concreta.

Y quizás ahí estaba una de nuestras diferencias más grandes. Yo sentía que sabía hacia dónde quería correr, mientras él todavía estaba tratando de decidir si quería caminar en esa dirección.

Después vinieron las discusiones.

Las interpretaciones.

Las frases que podían significar una cosa o exactamente la contraria.

Su racionalidad peleando con lo que él llamaba irracionalidad. Mi cabeza intentando traducir cada palabra. Yo leyendo silencios, bromas, pausas, cambios de tono. Él diciéndome que iba demasiado rápido. Yo intentando demostrarle que también sabía frenar.

Y, en medio de todo eso, aparecía ocasionalmente algo pequeño.

Un comentario donde me incluía en alguna situación futura.

Una comida donde  “no tendríamos que competir”.

Un Mazda que, si alguna vez compraba, me iba a contar.

Pequeñas cosas que quizás para él eran solamente comentarios lanzados al aire, pero que yo guardaba cuidadosamente porque, bueno, una también construye castillos con materiales bastante miserables.

Después llegó el famoso martes.

El día en que finalmente nos íbamos a ver.

Creo que nunca he estado tan nerviosa por encontrarme con alguien.

No me atrevía a mandarle la ubicación. Había llegado cerca y simplemente no podía hacerlo. Estaba dando vueltas como si en algún momento el universo fuese a resolverme el problema y decirme: “Ya, ahora sí, mándasela”.

Finalmente se la mandé.

Y él llegó.

Y lo vi.

Lo primero que hice fue abrazarlo.

Fue un impulso. Ni siquiera lo pensé demasiado. Le pedí permiso y después me lancé.

Pobre hombre.

Pero en ese momento no me importó demasiado mi dignidad.

Sentí su corazón.

Y no sé cómo explicarlo sin sonar completamente ridícula, pero fue lo mejor.

Después de tantos meses de texto, de imaginación, de deseo, de miedo, de conversaciones interminables, estaba ahí.

De verdad.

Tenía cuerpo.

Tenía voz.

Estaba caminando a mi lado.

Y yo estaba feliz.

Muy feliz.

No quería irme.

Ese es probablemente uno de los datos más importantes de todo esto.

Yo no quería irme.

Pero la historia no se parecía a la que había imaginado.

La conversación fue sencilla. Caminamos. Hablamos de cosas normales. Nada especialmente trascendental. Y quizás eso era precisamente lo que debía ocurrir. Quizás después de meses intentando encontrarle significado a cada cosa, la vida simplemente decidió ponerlo delante mío para hablar de cualquier tontera.

Pero después llegó el momento de hablar de lo que había ocurrido.

Y ahí mi ilusión empezó a desarmarse.

Espere un día. No quería presionar. 

No hubo una escena cinematográfica, no hubo alegría de su parte, ni entusiasmo.

Fue peor. 

Fueron palabras.

Él me contó que se había sentido incómodo. Que había tenido dificultades para conectar. Que había sentido poco contacto visual. Que incluso se había sentido estúpido siguiendo ciertas señales, que se sintió forzado.

Y yo lo escuchaba pensando:

¿Cómo puede ser?

Yo llegué feliz.

Yo estaba nerviosa porque quería verlo.

Yo lo abracé apenas lo vi.

Yo no quería irme.

¿Cómo podía haber vivido él ese mismo encuentro desde un lugar tan distinto?

Ahí sentí cómo mi ilusión se desvanecía en cuestión de segundos.

No porque hubiera sido cruel conmigo.

No porque me hubiese dicho algo horrible.

Quizás eso habría sido más sencillo.

Lo que dijo fue mucho más difícil de soportar porque era simplemente su experiencia.

Y su experiencia no se parecía a la mía.

Yo había esperado ese encuentro como quien finalmente abre una puerta después de meses.

Él salió de ahí hablando de incomodidad.

Yo había sentido que por fin algo se volvía real.

Él seguía sin saber muy bien qué hacer con todo aquello.

Y entonces apareció otra vez la palabra que más me ha perseguido durante todo este tiempo:

proceso - Tiempo - Ir despacio -No saber - Resolver - Esperar - Quizás - No sé - No puedo.

Y me di cuenta de que yo ya no podía seguir viviendo ahí.

No porque hubiera dejado de amarlo.

Todo lo contrario.

Porque lo amé.

Y ese es precisamente el problema.

No puedo tenerlo como quiero tenerlo y tampoco puedo dejar de quererlo porque él no esté preparado.

Puedo entender racionalmente todas sus razones y aun así despertarme con el corazón hecho mierda.

Puedo pensar que tiene derecho a su proceso y al mismo tiempo sentir que yo no tengo por qué quedarme esperando a que ese proceso termine.

Puedo alegrarme de que esté intentando hacer las cosas bien y sentir tristeza porque hacer las cosas bien, para él, quizás significa que yo no puedo estar donde quisiera.

Entonces cerré la puerta.

O intento cerrarla.

Porque una cosa es tomar una decisión racional y otra muy distinta es que el corazón reciba el memorándum.

Después hice locuras.

Muchas.

Veinte audios.

Aproximadamente quince videos.

Mensajes.

Explicaciones.

Más explicaciones sobre las explicaciones.

Un poco de alcohol, que nunca ha sido precisamente un aliado de mi capacidad para mantener la dignidad.

Dije cosas que probablemente habría sido mejor no decir.

También dije algunas mentiras innecesarias.

Pequeñas mentiras defensivas, de esas que una dice porque quiere controlar un poco la imagen que está dejando cuando en realidad ya está completamente expuesta.

Y después, cuando pasó la tormenta, me dio un poco de vergüenza.

Pero tampoco me arrepiento.

No de todo.

No de haberlo querido.

No de haberme atrevido.

No de haberle mostrado partes de mí que normalmente mantengo bastante más protegidas.

No de haber enviado cosas que quizás jamás pensé que enviaría.

No de haberlo abrazado.

No de haber sentido su corazón.

No de haber sido feliz ese día.

Incluso si después me dolió.

Quizás porque hay algo peor que hacer el ridículo por amor: no hacer nada por miedo a hacerlo.

Y yo ya hice suficiente de eso en otras partes de mi vida.

Así que sí.

Hice cosas terribles.

Jajajaja.

Pero también hice cosas hermosas.

Y entre unas y otras, supongo que fui yo.

Hoy intento mirar todo esto con un poco más de ternura.

No sé qué va a pasar con él.

Quizás nada.

Quizás la distancia haga lo que nosotros no pudimos hacer.

Quizás el tiempo convierta todo esto en una historia que algún día contaré con una sonrisa.

Quizás no.

Lo que sí sé es que hubo un día en que yo esperaba en el auto  nerviosa sin atreverme a mandar una ubicación porque iba a ver a alguien que llevaba muchísimo tiempo queriendo ver.

Y finalmente lo vi.

Lo abracé.

Sentí su corazón.

Fui feliz.

Y después tuve que aceptar que querer a alguien no siempre significa poder quedarnos.

Qué ironía

Tanto tiempo intentando descubrir si él me elegiría y terminé teniendo que elegir yo.

Elegirme a mí.

No porque él sea malo.

No porque lo nuestro haya sido falso.

No porque haya dejado de quererlo.

Sino porque también quiero volver a dormir tranquila.

Quiero volver a tener días en los que Telegram sea solamente Telegram y no un instrumento de tortura psicológica.

Quiero dejar de preguntarme si un silencio significa distancia, reflexión, miedo, culpa, deseo o simplemente que está ocupado.

Quiero poder quererlo sin estar esperando una resolución.

Y quizás eso sea lo que esta canción significa para mí ahora.

No una despedida dramática.

No un “nunca más”.

Más bien una especie de agradecimiento extraño.

Nice to know you.

Qué bueno haberte conocido.

Qué bueno haber sabido cómo piensas.

Qué bueno haberme reído contigo.

Qué bueno haber discutido.

Qué bueno haber aprendido cosas.

Qué bueno haber sentido.

Qué bueno, incluso, haber hecho un poco el ridículo.

Y qué bueno saber ahora que puedo sobrevivir a todo esto.

Todavía estoy triste.

Mucho.

Pero la tristeza no significa que haya tomado una mala decisión.

A veces significa simplemente que una decisión correcta también puede doler.

Y mañana, quién sabe.

Quizás me despierte triste.

Quizás me ría de los veinte audios.

Quizás borre alguno.

Quizás no.

Pero voy a estar bien.

No porque haya dejado de amarlo.

Sino porque, poco a poco, estoy aprendiendo que también puedo amarme a mí cuando alguien que amo no puede darme lo que necesito.

Y eso, por ahora, tendrá que bastarme.

Quizás le parecí menos atractiva en persona que en las fotografías.

Quizás no me vio. No de verdad.

Quizás la expectativa había sido mejor que la realidad.

Quizás el juego se le escapó de las manos y, cuando finalmente tuvo que estar frente a mí, no supo qué hacer con todo aquello que durante tanto tiempo había sido mucho más fácil sostener detrás de una pantalla.

Quizás se sintió decepcionado.

Quizás simplemente no hubo química.

Quizás fui demasiado nerviosa, demasiado poco presente, demasiado preocupada por cómo me estaba viendo.

Quizás él esperaba otra cosa.

Quizás ahora mismo está aliviado. 

Qué crueles pueden ser los quizás cuando una está triste.

Porque ninguno de ellos tiene respuesta y, aun así, todos parecen suficientemente convincentes para hacer daño.

Tuvo suerte de que yo no fuera alguien que insiste cuando siente que no está siendo correspondida. Porque quizás, si lo fuera, habría intentado reparar el encuentro, explicarme mejor, conseguir que me mirara de otra manera, demostrarle que sí podía haber algo ahí. Pedir otro encuentro ? Jajajaja. 

Creo que si hubiera sabido que era la última vez que lo vería lo hubiese hecho mejor.

Pero no quiero convencer a nadie.

Me duele el corazón, eso sí.

Muchísimo.

Y quizá esa sea la parte más difícil de aceptar: que puedo estar triste, puedo sentirme rechazada, puedo inventarme cien explicaciones crueles y, aun así, no saber cuál de todas es verdad.

Lo único que sé es que yo llegué feliz de verlo. Y luego, el peso de la verdad cayó sobre mí. Lo único bueno y feliz que recordaba, ahora es un amargo recuerdo del que ya me repondré. 

Quizás para él esto terminó hace una semana. Quizás cerró la puerta y sintió alivio, como quien por fin deja en el suelo un peso que llevaba demasiado tiempo cargando. Quizás ya volvió a sus cosas, a su vida, y yo apenas aparezco en algún rincón de sus pensamientos. Qué triste descubrir que algo que para mí todavía duele como si hubiera ocurrido ayer, para él quizás ya terminó. Y mientras yo intento aprender a soltarlo, quizá él simplemente ya lo hizo.


Adiós (good bye ) , fue un gusto conocerle.





No hay comentarios:

Publicar un comentario