Hay una parte de esta canción que me quiebra. Dos o tres lágrimas salen al mismo tiempo que siento ese nudo en la garganta.
“Hay que escribir de esta wea”, pensé ayer, como a las siete de la mañana.
He conocido a varias personas en vías de separarse, ya separadas o separándose. Me incluyo. Y es curioso porque esta canción ni siquiera habla necesariamente de una separación, pero para mí parece estar empapada de eso. O quizás soy yo la que está empapada de eso y la escucha desde ahí.
Las razones para terminar una relación pueden ser muchas, pero siento que, en el fondo, varias coinciden en algo: hay cosas que llegan a su límite. Cosas que estuvieron ahí mucho antes del final, dejándose ver. Las famosas banderas rojas. Algunas pequeñas, otras enormes. Y uno, por amor, por paciencia, por esperanza, por juventud, por miedo o simplemente porque cree que las cosas pueden cambiar, las va dejando pasar. Y no siempre pasa algo terrible. A veces ese es justamente el problema.
No hay un gran acontecimiento que marque el final. No hay un día exacto en que todo se va a la mierda. Hay pequeñas renuncias, decepciones, silencios, necesidades que postergas. Te acostumbras. Aprendes a vivir con ausencias hasta que dejan de parecerlo porque ya forman parte de lo rutinario. Hasta que un día te cansas. Y quieres salir corriendo.
Estaba corriendo por alguien
que por mí ni estaba caminando.
Hace poco alguien me dijo que yo corría. Y quizás por amor, por esa ceguera que a veces provoca querer mucho a alguien, pensé que podía parar. Caminar más lento. Ajustar mi paso al suyo. Pensé: quizás querer también es eso. Pero no, señor. Yo voy a correr.
Y si no hay nadie que quiera correr conmigo, entonces no es ahí. Porque ya me pasó. Estuve con un hombre que caminó prácticamente todo el tiempo. Y no quiero ser injusta con esa historia: ese andar me sirvió, me acompañó y me gratificó muchas veces. Hubo amor, hubo cosas bonitas, hubo una vida que construimos y de la que nació un lazo que será para siempre.
Pero también hubo vacíos. Y hubo soledad.
Tú distante con tu actitud
y eso me llenaba de inquietud.
Tú no dabas ni la mitad…
Una soledad particularmente extraña, porque no estaba sola. Estaba sola en pareja. Y aprendí a vivir así.
Creo que eso es lo más peligroso de algunas carencias: no que duelan siempre, sino que uno se acostumbra a ellas. Puedes construir una vida alrededor de lo que falta. Puedes aprender a no pedir, a no esperar demasiado, a llenar tú misma los espacios que el otro deja. Y llega un punto en que incluso puedes creer que eso es estar bien.
Quizás uno no se da cuenta de cuánto se ha acostumbrado a recibir poco hasta que recuerda cuánto necesitaba al principio.
Te olvidaste de lo que algún día fuimos.
Y sí. A veces uno también se olvida. Se olvida de cómo era antes de empezar, de las cosas que esperaba, de cuánto quería compartir. Se olvida incluso de que hubo un tiempo en que esos dos caminaban juntos y ninguno tenía que estar pidiéndole al otro que apurara el paso.
Por eso agradezco esa relación. No necesito convertirla en algo malo para entender por qué terminó. Me dio muchísimo y también me enseñó qué cosas no quiero volver a vivir. Porque una historia puede haber sido hermosa, importante y real, y aun así dejar de ser el lugar donde quieres quedarte.
Quizás por eso hoy entiendo distinto eso de correr. No quiero que alguien corra detrás de mí ni tener que perseguirlo. Tampoco quiero volver a convencerme de que caminar sola al lado de alguien es compañía.
Quiero coincidir. Reciprocidad.
No necesariamente correr a la misma velocidad todo el tiempo. Habrá días en que uno se canse, se detenga o necesite que el otro lo espere un poco. Supongo que eso también es querer. Pero una cosa es esperarse de vez en cuando y otra muy distinta pasar la vida tratando de alcanzar a alguien o frenándote para que la distancia no se note.
Y si algún día vuelvo a correr con alguien, espero que no sea porque uno intenta alcanzar al otro, sino porque, por un rato o por muchos años, ambos queremos ir hacia el mismo lugar.
Y si no hay nadie corriendo conmigo, seguiré corriendo igual.
Yo te quiero, pero me quiero más a mí.
Quizás de eso se trata al final. No de querer menos al otro para poder irte. A veces puedes querer muchísimo y aun así entender que quedarte te está costando demasiado.
Un adiós necesario, Lo que un día fue increíble se volvió rutinario
Al menos esta vez sabré que no me estoy quedando atrás de mí misma por esperar a alguien.
Y, por favor, no esperen hasta que sus labios ya no sepan a nada.
No esperen a que la indiferencia haga el trabajo que ustedes no se atrevieron a hacer. A que un día miren a la persona que tienen al lado y ya no recuerden cuándo dejaron de buscarla, de desearla, de elegirla. No hace falta llegar al punto en que no quede nada para reconocer que algo lleva mucho tiempo faltando.
Háblenlo antes. Mírenlo antes. Intenten encontrarse antes.
Y si después de todo eso uno quiere correr y el otro apenas quiere caminar, quizás toca aceptar que ya no van hacia el mismo lugar.
Y que cada uno siga su camino. Corriendo o caminando, como sea el caso jajaja.
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