sábado, 25 de julio de 2026

Monotonía - Shakira, Ozuna

 Hay una parte de esta canción que me quiebra. Dos o tres lágrimas salen al mismo tiempo que siento ese nudo en la garganta.

“Hay que escribir de esta wea”, pensé  ayer, como a las siete de la mañana.

He conocido a varias personas en vías de separarse, ya separadas o separándose. Me incluyo. Y es curioso porque esta canción ni siquiera habla necesariamente de una separación, pero para mí parece estar empapada de eso. O quizás soy yo la que está empapada de eso y la escucha desde ahí.

Las razones para terminar una relación pueden ser muchas, pero siento que, en el fondo, varias coinciden en algo: hay cosas que llegan a su límite. Cosas que estuvieron ahí mucho antes del final, dejándose ver. Las famosas banderas rojas. Algunas pequeñas, otras enormes. Y uno, por amor, por paciencia, por esperanza, por juventud, por miedo o simplemente porque cree que las cosas pueden cambiar, las va dejando pasar. Y no siempre pasa algo terrible. A veces ese es justamente el problema.

No hay un gran acontecimiento que marque el final. No hay un día exacto en que todo se va a la mierda. Hay pequeñas renuncias, decepciones, silencios, necesidades que postergas. Te acostumbras. Aprendes a vivir con ausencias hasta que dejan de parecerlo porque ya forman parte de lo rutinario. Hasta que un día te cansas. Y quieres salir corriendo.

Estaba corriendo por alguien

que por mí ni estaba caminando.

Hace poco alguien me dijo que yo corría. Y quizás por amor, por esa ceguera que a veces provoca querer mucho a alguien, pensé que podía parar. Caminar más lento. Ajustar mi paso al suyo. Pensé: quizás querer también es eso. Pero no, señor. Yo voy a correr.

Y si no hay nadie que quiera correr conmigo, entonces no es ahí. Porque ya me pasó. Estuve con un hombre que caminó prácticamente todo el tiempo. Y no quiero ser injusta con esa historia: ese andar me sirvió, me acompañó y me gratificó muchas veces. Hubo amor, hubo cosas bonitas, hubo una vida que construimos y de la que nació un lazo que será para siempre.

Pero también hubo vacíos. Y hubo soledad.

Tú distante con tu actitud

y eso me llenaba de inquietud.

Tú no dabas ni la mitad…

Una soledad particularmente extraña, porque no estaba sola. Estaba sola en pareja. Y aprendí a vivir así.

Creo que eso es lo más peligroso de algunas carencias: no que duelan siempre, sino que uno se acostumbra  a ellas. Puedes construir una vida alrededor de lo que falta. Puedes aprender a no pedir, a no esperar demasiado, a llenar tú misma los espacios que el otro deja. Y llega un punto en que incluso puedes creer que eso es estar bien.

Quizás uno no se da cuenta de cuánto se ha acostumbrado a recibir poco hasta que recuerda cuánto necesitaba al principio.

Te olvidaste de lo que algún día fuimos.

Y sí. A veces uno también se olvida. Se olvida de cómo era antes de empezar, de las cosas que esperaba, de cuánto quería compartir. Se olvida incluso de que hubo un tiempo en que esos dos caminaban juntos y ninguno tenía que estar pidiéndole al otro que apurara el paso.

Por eso agradezco esa relación. No necesito convertirla en algo malo para entender por qué terminó. Me dio muchísimo y también me enseñó qué cosas no quiero volver a vivir. Porque una historia puede haber sido hermosa, importante y real, y aun así dejar de ser el lugar donde quieres quedarte.

Quizás por eso hoy entiendo distinto eso de correr. No quiero que alguien corra detrás de mí ni tener que perseguirlo. Tampoco quiero volver a convencerme de que caminar sola al lado de alguien es compañía.

Quiero coincidir. Reciprocidad. 

No necesariamente correr a la misma velocidad todo el tiempo. Habrá días en que uno se canse, se detenga o necesite que el otro lo espere un poco. Supongo que eso también es querer. Pero una cosa es esperarse de vez en cuando y otra muy distinta pasar la vida tratando de alcanzar a alguien o frenándote para que la distancia no se note.

Y si algún día vuelvo a correr con alguien, espero que no sea porque uno intenta alcanzar al otro, sino porque, por un rato o por muchos años, ambos queremos ir hacia el mismo lugar.

Y si no hay nadie corriendo conmigo, seguiré corriendo igual.

Yo te quiero, pero me quiero más a mí.

Quizás de eso se trata al final. No de querer menos al otro para poder irte. A veces puedes querer muchísimo y aun así entender que quedarte te está costando demasiado.

Un adiós necesario, Lo que un día fue increíble se volvió rutinario 

Al menos esta vez sabré que no me estoy quedando atrás de mí misma por esperar a alguien.

Y, por favor, no esperen hasta que sus labios ya no sepan a nada.

No esperen a que la indiferencia haga el trabajo que ustedes no se atrevieron a hacer. A que un día miren a la persona que tienen al lado y ya no recuerden cuándo dejaron de buscarla, de desearla, de elegirla. No hace falta llegar al punto en que no quede nada para reconocer que algo lleva mucho tiempo faltando.

Háblenlo antes. Mírenlo antes. Intenten encontrarse antes.

Y si después de todo eso uno quiere correr y el otro apenas quiere caminar, quizás toca aceptar que ya no van hacia el mismo lugar.

Y que cada uno siga su camino. Corriendo o caminando, como sea el caso jajaja.

lunes, 20 de julio de 2026

Si no se abrir mis manos - Lucybell

 Hay canciones que parecen escritas para pedir perdón antes de que alguien acuse el aparente daño, ponerse el parche antes de la herida, diría alguien por ahí. Como si el narrador llevara tanto tiempo defendiéndose que ya no distinguiera entre un juicio real y uno imaginario. En esta canción, mi sensación fue : alguien justificándose por existir.

“Si sonrío no es burla”. Qué frase tan curiosa. Nadie aclara algo así si no ha sentido que su sonrisa ha sido malinterpretada antes. Es casi un manual de instrucciones para convivir con él. Como diciendo: Si me ves callado, no es desprecio. Si me escondo, casi es por mí. Si algo no parece lógico…, perdón de mi cabeza. Qué más.

Y ese “qué más” tiene algo de resignación, pero también gracioso , es como un largo bostezo. A propósito, esa fue la sensación predominante cuando fui al primer y único concierto de la Banda jaajja, perdón Claudio, Eduardo y (en ese entonces no estaba Cote) Francisco, de mi cabeza… que más, que más, que más ? . Es equivalente a levantar los hombros y decir: “hice lo que pude”. No intenta convencerte, tampoco promete cambiar. Solo parece cansado de explicar el funcionamiento de una maquinaria que ni él entiende.

Hay algo que me llama especialmente la atención: nunca culpa al otro. Todo vuelve hacia él. Es una colección de disculpas sin que nadie las haya pedido. Un catálogo de advertencias para evitar decepciones. 

La imagen de “si no sé abrir mis manos y quieres que tome el cielo, eso es dejarlo caer” suena a la parte más honesta de toda la canción. No habla de falta de amor, habla de incapacidad. Hay personas que no destruyen las cosas porque quieran hacerlo, simplemente no aprendieron a sostenerlas.

Y aquí aparece la contradicción más entretenida. La banda decide envolver toda esa melancolía en una música luminosa, casi optimista, alegre.  Me invita, desde el comienzo, a dar pequeños brincos, como si estuviera haciendo el calentamiento previo a  correr una maratón. Como si alguien estuviera bailando mientras confiesa las  inseguridades más profundas. Hacia el final existe un silencio marcado, y piensas que la canción terminó, pero sigue … te sigue invitando a precalentar, quizás como recordándote que  las disculpas venideras no acabarán, pero te mantendrás optimista al afrontarlas. Es una decisión brillante. Porque así funcionan muchas personas: ríen mientras se disculpan (si sonrío no es burla), hacen chistes mientras se rompen un poco por dentro, creyendo que alivian la incomodidad ajena.

Quizá por eso la canción no se siente dramática. Se siente humana. Nadie quiere ser protagonista de su propio desastre todos el tiempo,  a veces uno prefiere ponerle una melodía alegre y seguir caminando.

También me hace pensar en esa mala costumbre que tenemos algunos de traducir cualquier gesto del otro como evidencia de que hicimos algo mal. El silencio es culpa nuestra. La distancia también. Una cara seria, seguramente la provocamos nosotros. Vivimos redactando defensas para un juicio que, muchas veces, ni siquiera llegará.

Y entonces aparece otra vez ese “perdón de mi cabeza”. No pide disculpas por una acción en particular , sino por la forma en cómo funciona su mente. Como si el verdadero conflicto ocurriera siempre allí. Es una frase sencilla, pero encierra una idea no menor: hay batallas internas que terminan salpicando a quienes más queremos.

Al final, creo que la canción no intenta justificarse para obtener la absolución. Solo quiere ser comprendida. Como diciendo: “esto soy, no siempre tiene sentido, tampoco para mí”. Y, curiosamente, esa sinceridad resulta mucho más convincente que cualquier explicación.

Tal vez por eso sigue sonando alegre. Porque incluso las personas que cargamos  con una tormenta en la cabeza, de vez en cuando, también ponenemos música para que el ruido no se note tanto.

domingo, 19 de julio de 2026

Caldillo de congrio - Los tres

Últimamente he estado un poco floja para leer. Casi termino Quiet, pero me ha costado avanzar como antes. Así que, en un pequeño giro inesperado, decidí empezar a incluir música en el blog. Me pareció interesante explorar lo que las canciones también pueden decir (o hacer sentir) cuando las palabras parecen insuficientes.

Hoy me muevo hacia un lado y veo el pasado…

Hace algún tiempo,  esta canción se había  convertido en la mejor representación de la trama que se estaba desarrollando en mi propia vida. No porque entendiera cada verso, sino porque algo en su caos, en su resignación y en su tono gris, parecía hablar o entender mi mismo idioma. Cada vez que llegaba al final, repetía una y otra vez, casi con desesperación: “No más acciones, queremos palabras.” Como un mantra.Y eso era exactamente lo que me pasaba.

No me bastaban las miradas, ni la pasión, ni la alegría de verme reflejada en sus pupilas dilatadas. Tampoco los gestos, las comidas preparadas. Quería palabras. Quería que se detuvieran a escribirlas, a nombrar lo que sentían, a convertir el silencio del chat en algo menos ambiguo.

La repetí tantas veces que  siento que la profeticé.

Hoy,  la vida da un giro inesperado, como dice otra canción .. una burla del destino? . Tengo palabras. Muchas palabras, incluso más de las que alguna vez imaginé. Y, sin embargo, ahora estoy pensando  exactamente lo contrario: qué ganas de que las palabras se conviertan en acción.

Quizás nunca se trató de elegir entre una cosa y la otra. Tal vez la canción tampoco hablaba de eso. Porque, igual que sus versos, algo fragmentados, extraños, llenos de imágenes que parecen no encajar (Me convertí en pez esquiador, Adoro el agua y al redentory, aun así, terminan construyendo una sensación , las relaciones también pueden quedar incompletas cuando una parte intenta reemplazar a la otra.

“Seca mi cara, seca en edad

Son mil años sueltos, se pueden juntar

No entiendo el oro, azúcar ni sal

Ni quiero entenderlos; vienen y van”

“Pasé la plaga de la ansiedad”. Esta frase, escondida por ahí me viene como anillo al dedo. Necesito superar esa plaga. Esa es otra cara de lo que siento por estos días. Siento que podría ser el caso, esta vez, puede que valga la pena intentar matarla  y si no lo vale, me quedaré con un valioso aprendizaje, sin duda.

Al final, ni las acciones alcanzan sin palabras, ni las palabras sostienen demasiado si nunca terminan caminando (o corriendo) por sí solas.