viernes, 28 de agosto de 2026

Quiet - Susan Cain

Terminé Quiet: El poder de los introvertidos.

Y debo decir algo antes de empezar: me costó muchísimo terminarlo. No porque no me gustara, todo lo contrario. Es que no es precisamente un libro liviano ni de esos que uno lee de una. Es un libro bastante sesudo, lleno de investigaciones, ejemplos, estudios, personajes, conceptos y situaciones que hacen detenerte a pensar.

Pero capítulo a capítulo ocurrió algo curioso. Cada vez que volvía a tomarlo entre mis manos, terminaba leyendo un poco más de lo que había pensado. A veces decía “voy a leer unas páginas” y cuando me daba cuenta ya estaba metida nuevamente en alguna historia o pensando en alguna de las ideas que acababa de encontrar.

Así que sí: finalmente lo terminé. Rayos, leí tanto. Y debo admitir que no tengo precisamente esa capacidad de sentarme a producir semejante cantidad de páginas jajaja.

De hecho, lo recomendé a cuanta persona pensé que podría servirle. Estoy bastante segura de que la lectura será cero. Absolutamente cero. Jajaja. Pero bueno, yo cumplí con mi parte: recomendarlo como si me hubieran pagado comisión.

Lo interesante es que empecé a leerlo para entender mejor la introversión y terminé encontrándome con algo mucho más personal: recuerdos, situaciones, personas que alguna vez me describieron de determinada manera y, sobre todo, una pregunta que ahora puedo hacerme con otra perspectiva:

¿Cuántas cosas que alguna vez interpreté como defectos simplemente eran parte de mi forma de ser?

Porque yo siempre he sido bastante callada.

Y no es una conclusión que haya sacado solamente después de leer este libro. Es algo que otras personas me han dicho toda la vida.

Recuerdo, por ejemplo, a una compañera, Nicole Fuenzalida, diciéndome alguna vez que yo no iba a llegar a ningún lado por ser como era, por ser tan callada.

Y también recuerdo a mi abuelo describiéndome como “pánfila”.

En ese momento probablemente esas palabras eran solamente eso: palabras. Pero después de leer este libro, inevitablemente vuelvo a ellas.

Porque una persona que observa desde afuera puede ver a alguien callado y construir rápidamente una historia alrededor de eso: “Es tímida”, “no tiene personalidad”, “no sabe desenvolverse”, “le cuesta relacionarse”, “no llegará muy lejos”.

Pero ¿qué pasa si ninguna de esas conclusiones es necesariamente cierta?

¿Qué pasa si mientras una persona está callada está pensando, observando, analizando, imaginando o simplemente disfrutando de no tener que hablar?

Ahí es donde Quiet me hizo detenerme.

Una de las cosas que más me gustó del libro es que no intenta presentar la introversión como una especie de superpoder ni tampoco como un defecto. Y esto me parece importante porque sería muy fácil caer en el extremo contrario y decir: “Los introvertidos somos mejores porque pensamos más y los extrovertidos hablan demasiado”.

Pero el libro no va por ahí.

La idea es mucho más interesante: existen diferentes temperamentos y nuestra sociedad tiende a valorar mucho más uno de ellos.

Vivimos en un mundo que premia bastante la capacidad de hablar, venderse, participar, hacer contactos, llamar la atención, mostrarse seguro y reaccionar rápidamente.

Y todas esas cosas pueden ser buenas.

El problema aparece cuando empezamos a asociarlas con el valor de una persona.

Cuando ser silencioso comienza a confundirse con ser incapaz. Cuando ser reservado comienza a confundirse con no tener personalidad. Cuando necesitar estar solo comienza a interpretarse como un problema.

Otra cosa que me gustó muchísimo de Quiet es que no intenta encasillar a las personas.

El libro habla de introversión, pero también de timidez, sensibilidad, autosupervisión, temperamento y comportamiento social, y muestra que todas estas cosas pueden relacionarse sin ser exactamente lo mismo.

Puedes ser introvertido y desenvolverte muy bien socialmente.

Puedes ser extrovertido y sentir inseguridad.

Puedes ser una persona muy sensible y no ser particularmente introvertida.

Puedes ser reservado en un contexto y completamente diferente cuando estás con personas de confianza.

Incluso puedes aprender a comportarte de una manera que no coincide completamente con tu temperamento.

Y esto último me pareció especialmente interesante.

Quizás no siempre vemos a las personas como realmente son; muchas veces vemos la versión de ellas que aprendieron a mostrar.

El libro habla de personas que han aprendido a interpretar socialmente el papel que necesitan interpretar. Hablan, participan, lideran, hacen presentaciones, organizan reuniones, asisten a fiestas y parecen completamente cómodas. Pero eso no significa necesariamente que esa sea la forma en que recuperan su energía o que sea la manera en que naturalmente prefieren relacionarse.

Y eso me hizo pensar que adaptarse no debería significar desaparecer.

Podemos aprender habilidades que nos ayuden a desenvolvernos en el mundo sin tener que convencernos de que nuestra personalidad original está mal.

También aparece un concepto que me llamó bastante la atención: la autosupervisión. La capacidad de observar las señales sociales y adaptar nuestro comportamiento a ellas.

Una persona puede aprender cuándo hablar, cuánto hablar, cómo presentarse, cómo comportarse en una reunión, cómo mirar a los demás, cómo participar y cómo parecer segura.

Y puede hacerlo bastante bien.

Pero existe un límite.

Porque una cosa es aprender herramientas sociales y otra es pasar la vida intentando ser alguien completamente diferente.

Ahí creo que está una de las diferencias más importantes que me dejó el libro: aprender a desenvolverse no significa necesariamente tener que cambiar quién eres.

También me quedó dando vueltas algo tan sencillo como el poder de escuchar.

En un mundo donde muchas veces asociamos la capacidad de comunicación con hablar bien, convencer, vender una idea o ser carismático, escuchar puede quedar completamente relegado.

Y sin embargo escuchar también es una habilidad.

Observar.

Prestar atención.

Detectar lo que alguien está intentando decir aunque no lo diga perfectamente.

Pensar antes de responder.

Notar detalles.

Todas esas cosas pueden tener muchísimo valor.

Y aquí vuelvo nuevamente a mi propia historia.

Porque pienso en aquella frase de que yo no llegaría a ningún lado por ser tan callada.

¿Qué habría pasado si hubiese creído completamente eso?

Quizás habría pasado muchos años intentando demostrar que podía hablar más, llamar más la atención, ser más sociable, parecer más segura.

Quizás habría sentido que cada vez que entraba a una habitación tenía que demostrar algo.

Y probablemente habría terminado agotada.

Lo curioso es que ser callada nunca significó que no tuviera cosas que decir.

De hecho, probablemente ocurrió exactamente lo contrario.

Muchas veces necesitamos tiempo para ordenar lo que pensamos antes de decirlo.

Y eso puede ser una dificultad en determinadas situaciones, pero también puede ser una ventaja en otras.

No todo pensamiento necesita salir inmediatamente de nuestra cabeza.

A veces primero necesitamos observar.

Y aquí apareció otra idea que me pareció muy interesante: el mundo no necesariamente necesita que todos funcionemos de la misma manera.

En un equipo, por ejemplo, no todos tienen que ser la persona que habla primero. No todos tienen que liderar una reunión de la misma forma. No todos tienen que ser los que hacen más ruido.

A veces alguien necesita quedarse pensando en silencio durante un rato y después entregar una idea que cambia completamente el problema.

Y quizás eso es algo que hemos aprendido a valorar poco porque muchas veces confundimos velocidad con capacidad.

De hecho, mientras leía una de estas partes me cruzó otra idea bastante extraña: quizás la tecnología, y especialmente la inteligencia artificial, podría terminar siendo una especie de panacea del introvertido. Jajaja.

Hace poco escuché a una eminencia del mundo tecnológico contar que había logrado sacar adelante un proyecto que en otras circunstancias le habría costado meses y muchísimo equipo de trabajo, y que ahora había conseguido hacerlo en unas semanas utilizando alrededor de quince agentes de IA.

Y pensé: ¡rayos!

Si esto sigue avanzando así, estamos hablando de una herramienta que puede reducir muchísimo la cantidad de interacción necesaria para producir determinadas cosas.

Y ahí aparece una contradicción entretenida.

Por un lado, Quiet habla de un mundo que durante décadas ha premiado la capacidad de relacionarse, vender ideas, hacer contactos y trabajar constantemente con otras personas.

Por otro lado, estamos entrando en un mundo tecnológico donde una persona puede tener acceso a herramientas que le permiten investigar, programar, escribir, analizar, organizar y crear sin necesitar necesariamente un ejército de personas alrededor.

Para alguien introvertido, esto puede ser bastante interesante.

No porque la IA vaya a solucionar la introversión ( tampoco exageremos jajaja) sino porque puede disminuir algunas de las barreras que históricamente obligaban a una persona a interactuar constantemente para poder llevar adelante sus ideas.

Quizás estamos entrando en una época donde una persona muy reservada puede tener una capacidad de producción enorme sin tener que convertirse necesariamente en la persona más sociable de la habitación.

Y siendo programadora, esto me resulta particularmente divertido de pensar.

Porque de alguna manera la tecnología está empezando a permitir que una persona pueda construir cosas que antes requerían equipos completos.

Y entonces vuelvo al libro y pienso nuevamente en aquella idea de que ser callada no significa no tener nada que aportar.

Quizás solamente necesitamos herramientas que nos permitan transformar lo que ocurre dentro de nuestra cabeza en algo que pueda salir al mundo.

Y aquí llego a la parte que probablemente más me importa de todo este libro: mi hija.

Mi hija también es introvertida.

Y creo que haber leído este libro me permite mirarla con otros ojos.

No quiero intentar convertirla en alguien extrovertido.

Pero tampoco quiero criarla dentro de una burbuja donde nunca tenga que enfrentarse a situaciones incómodas.

Creo que la diferencia está justamente ahí.

No quiero cambiar su temperamento. Quiero darle herramientas.

Si algún día le cuesta entrar a un grupo, quiero ayudarla a encontrar una manera de hacerlo.

Si le cuesta hablar frente a otras personas, quiero enseñarle estrategias para enfrentarlo.

Si necesita tiempo para sentirse cómoda, quiero respetar ese tiempo.

Si prefiere tener pocos amigos pero vínculos profundos, no quiero hacerle creer que necesita una multitud.

Si después de un día social necesita estar sola, quiero que sepa que eso también puede ser normal.

Pero tampoco quiero enseñarle que ser introvertida significa evitar el mundo.

Puede aprender a hablar.

Puede aprender a defender sus ideas.

Puede aprender a poner límites.

Puede aprender a presentarse.

Puede aprender a hacer amigos.

Puede aprender a liderar.

Puede aprender a ocupar espacio.

Solo que quizás no tenga que hacerlo exactamente de la misma manera que una persona extrovertida.

Y creo que aquí está una de las cosas que más quiero hacer diferente con ella.

No quiero confundir silencio con inseguridad.

Si está callada, quiero preguntarme primero: ¿está incómoda o simplemente está observando?

No quiero asumir inmediatamente que hay un problema.

También quiero respetar sus momentos de recuperación. Si después de una actividad social necesita tranquilidad, no quiero interpretarlo como rechazo. Quizás simplemente necesita volver a cargar energía.

Quiero ayudarla a desarrollar habilidades sociales, pero sin decirle simplemente que “sea más sociable”.

Hay una diferencia enorme entre decirle eso y enseñarle cosas concretas: cómo iniciar una conversación, cómo acercarse a alguien, cómo pedir ayuda, cómo decir que no, cómo reconocer a una persona amable y cómo alejarse de alguien que la hace sentir mal.

Son herramientas.

No cambios de personalidad.

También quiero que encuentre ambientes donde pueda florecer.

Porque un niño puede parecer retraído en un lugar y completamente diferente en otro donde encuentre personas con intereses similares.

Y creo que como padres tenemos que aprender a mirar eso.

No solamente preguntarnos “¿por qué no se integra?”, sino también “¿dónde se siente realmente cómoda?”, “¿qué le interesa?”, “¿con qué personas aparece una versión más espontánea de ella?”.

Quizás ahí está la clave.

Otra parte que me llamó mucho la atención tiene relación con las emociones.

El libro habla de cómo intentar controlar constantemente nuestras reacciones puede tener un costo. A veces aprendemos a esconder lo que sentimos porque creemos que debemos mantener una determinada imagen frente a los demás.

Ser tranquilos.

Ser fuertes.

No incomodar.

No reaccionar demasiado.

No demostrar nervios.

Pero una cosa es aprender a regular una emoción y otra muy distinta es vivir reprimiéndola.

Y esto también es algo que quiero enseñarle.

Puede estar nerviosa.

Puede estar triste.

Puede sentirse sobrepasada.

Puede necesitar retirarse un momento.

Puede decir “esto me incomoda”.

Y eso no significa que sea débil.

Quizás también por eso me gustó tanto que el libro no tratara la introversión como una sentencia.

No creo que mi conclusión después de terminarlo sea simplemente: “Soy introvertida y por eso soy así”.

Sería demasiado sencillo.

Me quedo más bien con algo parecido a esto:

Soy una persona con determinadas características, necesidades y formas de relacionarme con el mundo, y conocerlas me permite tomar mejores decisiones.

No necesito utilizar la introversión como una etiqueta para explicarlo todo.

Pero tampoco necesito luchar contra ella.

Quizás puedo simplemente conocerla.

Saber cuándo necesito silencio.

Saber qué ambientes me hacen bien.

Saber qué situaciones me cuestan.

Aprender las habilidades que me hagan falta.

Y dejar de sentir que cada una de esas cosas constituye una falla.

Y quizás eso es precisamente lo que más quiero transmitirle a mi hija.

No quiero que crezca pensando: “Tengo que dejar de ser así”.

Quiero que pueda pensar:

“Así soy. Ahora voy a aprender todo lo que necesito para moverme por el mundo sin dejar de ser yo.”

Porque después de tantos años escuchando que ser callada podía significar no llegar a ninguna parte, me gusta mucho más esta otra posibilidad:

Quizás nunca se trató de hablar más.

Quizás se trataba de aprender a usar nuestra propia voz.

Y si este libro me dejó algo realmente valioso, no fue solamente entenderme un poco mejor a mí misma.

Fue descubrir que algún día puedo ayudar a mi hija a entenderse antes de que alguien más le diga quién debería ser.

Y creo que esa es, finalmente, la razón por la que valió la pena demorarse tanto en terminarlo.

Rayos, sí que leí. 


P.D.: Hay una parte del libro en la que se reúnen varios introvertidos y terminan teniendo unos coloquios bastante sesudos, de esos en los que probablemente una persona normal querría escapar después de diez minutos, pero ellos parecen felices hablando de ideas durante horas. Y no pude evitar acordarme de ti y de esas interminables charlas de antaño, cuando podíamos quedarnos hablando durante horas de cualquier cosa, saltando de una idea a otra, profundizando cada vez más, como si el resto del mundo pudiera perfectamente esperar.

Qué pena haberlas perdido.

Ahora que terminé este libro me doy cuenta de que quizás no valoré lo suficiente aquellas conversaciones mientras las tenía. Quizás pensé que siempre habría otra charla, otra noche, otra discusión absurda que terminaría convirtiéndose en filosofía, tecnología, psicología o cualquier cosa que se nos cruzara por la cabeza.

Y resulta que no.

Hay cosas que uno entiende demasiado tarde.

Debí haberlas valorado más. :(







lunes, 6 de abril de 2026

Papelucho

 Buen libro, es papelucho comunista, papelucho no sabe nada de la vida. Los padres no le conversan y se imagina pura weas jaajaj. Perdón hija mía si esta no fue la mejor entrada.


miércoles, 29 de octubre de 2025

Apaga el celular y enciende tu cerebro ( Pablo Muñoz Iturrieta)

A propósito de todas las cosas que han estado pasando, me fue de gran utilidad leer el libro “Apaga el celular y enciende tu cerebro” de Pablo Muñoz Iturrieta.
Debo reconocer que al comienzo me dio bastante susto: quise tirar el celular por la ventana, apagarlo y no verlo nunca más.
De hecho, asumí el desafío que plantea en las primeras páginas y decidí hacerlo: apagar el teléfono, no desinstalar aplicaciones ni dejarlo en silencio, sino apagarlo de verdad, ni siquiera encenderlo para responder mensajes importantes.
Fue una especie de desintoxicación real, casi como volver a habitar mi mente sin interrupciones.

Y en ese silencio, comprendí algo: que el ruido más fuerte no viene del teléfono, sino de lo que tememos escuchar cuando todo calla.
Apagar el celular no fue solo un acto de desconexión digital, sino una reconciliación con mi propio pensamiento y luego me deprimí aun mas jajaaj, no mentira.

El otro día ,bueno, hace unas semanas ya, jaja, me junté con unas personas… ¿y me creerán que no hablé nada con ellas?

Estaban todo el rato en el teléfono. No las veía hace tiempo, pero la “interacción” se redujo a mirar reels en silencio.

Me quedé pensando: ¿será que me volví tan aburrida?Sin ir más lejos, hace poco me junté con alguien que, apenas llegó la comida, le tomó una foto, la mandó a un grupo, y acto seguido… comenzó a hablar con otras personas.Entonces me cuestioné: ¿qué chucha nos está pasando, weón?

¿De verdad vamos a avanzar hacia un mundo donde la interacción real con las personas valga nada?Vi hace poco un estudio  del cual dudo de su veracidad, pero tampoco tengo pruebas ni dudas, jaja que decía que la gente es cada vez menos propensa a experimentar el dolor o emociones fuertes.Que nos aislamos, que nos refugiamos en el maldito teléfono.Y ojo, no es que sea grave: entiendo que uno de repente avise “oye, ya llegué” o que una mamá quiera ver cómo están sus hijos.Pero si no eres padre ni madre, o tu hijo está ahí mismo, ¿no te parece una falta de respeto estar todo el rato pegado al maldito teléfono?A veces pienso que el problema no es que falte conexión… sino que nos estamos conectando con todo, menos con lo que realmente importa.

Por fin terminé el libro (hoy, 1 de febrero de 2026). Empecé el resumen el año pasado.

Creo que es un buen libro para llamar a la reflexión. Como persona ligada al mundo de la tecnología y los algoritmos, tengo mis propias dicotomías con este tema, pero, en general, lo que se plantea son cosas que podemos observar. Para mí no es un llamado a apagar el celular de forma literal y nunca más comunicarme, ni a borrar redes sociales; más bien es una invitación a tener control, ser consciente y tratar de que tu propia vida tenga elementos que te hagan disfrutar de las cosas simples y reales.

Sí creo que estamos ante generaciones enfermas de dopamina: enfermas de ansiedad y depresión. Y la tecnología o mejor dicho, las redes sociales  tienen algún grado de responsabilidad. ¿Qué lleva a un adolescente o a un adulto a quedar absorto, deslizando videos, en vez de salir a caminar, trotar o compartir con amigos? Personalmente, me molesta mucho cuando comparto con alguien y no está atento. Además, los encuentro hipócritas, porque cuando les hablas por chat no te quieren hablar. Entonces, ¿cómo es el asunto? Estamos rodeados de gente hipócrita: si están contigo, están hablando con alguien más en el teléfono; o si les hablas por teléfono, no te responden porque seguramente están ocupados (jajaja).

Yo tengo claro que, si alguien no responde mi mensaje, es simple: está haciendo otra cosa mucho más estimulante o interesante que hablar conmigo. En general me gusta conversar, escuchar ideas y reflexiones, pero tengo que adaptarme a que la gente, por lo general, no está en esa. Es triste, pero no hay nada que hacer. En este aspecto, me siento mucho más acompañada con la IA, porque responde de inmediato. Hay cierta latencia, sí, pero al menos da la idea de que te escucha.

Y luego está esa parte de hacia dónde estamos avanzando: si las redes nos hacen sentir cada vez más vacíos, nos comparamos con quienes viajan y comparten imágenes de paisajes hermosos… paisajes que quizás nunca conoceremos. En fin.

Hace no mucho fui a ver a una prima. ¿Me creerías, Marti, que casi no hablamos? Estuvo todo el tiempo en el teléfono y, cuando por fin habló, fue para comentar algo que vio en TikTok (jajaja). Bueno, así estamos.

En resumen, tengo algunas impresiones del libro. Por ejemplo, habla de “funciones exponenciales” cuando claramente no las hay: menciona un estudio donde relacionaban depresión y ansiedad en jóvenes desde que tenemos redes sociales, y decía que “la función exponencial ha crecido así”, pero la gráfica no era exponencial (ya sé, me siento friki por decir esto). También repite demasiadas veces algunas palabras, como “exacerbar”. Una profe decía que había que usar sinónimos. Y faltó que usara la palabra “hubieron” mal para cerrar el libro y tirarlo… eso. Pero, más allá de esas impresiones, es un libro que merece la pena, sobre todo para padres de jóvenes y niños, y también para quienes están por nacer: hay que limitar el uso. Estar demasiado inmerso te enferma y coarta tu libertad. Las redes son responables de que hoy en dia mucha gente encuentre super normal que alguien se mutile, porque no se siente conforme con el cuerpo que tiene, en vez de avanzar hacia el entendimiento de esta enfermedad es mucha mas rentables mutilar penes, y armar vaginas que nunca sentiran un orgasmo. (Sin ir más lejos vean la historia de Jess el primer niño trans, es un crimen lo que le hicieron , sin embargo , se siguen impulsando ideas de transhumanismo, porque te convencen de que es un problema donde la solución correcta es la mutilacion y anulación de tu identidad )

Y recuerden: si una aplicación es gratuita, lo más probable es que te estén “espiando” (KDS). La forma en que ganan dinero esas apps gratis es vendiendo tu información, así que ojito ahí.

En la Antigua Roma, cuando alguien tenía deudas que no podía pagar, se transformaba en addictus, una especie de esclavo por deudas. Es curioso cómo ha mutado la palabra, porque si nos fijamos bien, hay una adicción latente hacia las redes: una adicción que termina esclavizándote. ¿Cuántas veces dices “es que no tengo tiempo para salir o leer un libro”? Pero si miras las horas que pasas con tu estúpido teléfono, te darás cuenta de que no es falta de tiempo: es falta de ganas.






martes, 14 de octubre de 2025

Seda (Alessandro Baricco)

El otro día, mientras deslizaba historias en Instagram, me encontré con una del gran humorista chileno Edo Caroe, que recomendaba este libro diciendo que era liviano, buenísimo y de lectura rápida. Justo lo que necesitaba. Así que pensé: “bueno, por qué no”, y lo compré. Además, no era caro 😅.

Cuando llegó y lo empecé, la verdad no prometía mucho. Más allá de enterarme de que la seda viene de gusanos (dato curioso jaja), pensé que iba a ser otro libro más que quedaría apilado esperando turno. Pero poco a poco me fue enganchando.

Al principio parece la historia de un hombre que se enamora a primera vista de una mujer que jamás escucha su voz, un amor platónico casi ridículo. Pero de repente el libro da un giro y se centra en Hélène, su esposa.

El tipo se iba por seis meses a Japón a buscar huevos de gusano para producir seda en Francia (¡seis meses ida y vuelta!). Su relación con Hélène era más bien por costumbre, como tantas que existen hoy. Y en uno de esos viajes se enamora de otra mujer (que ni siquiera era japonesa), pareja de un tal Hara Kei. Ese amor raro se alimenta solo de miradas.

Hay una parte confusa donde ocurre algo íntimo, pero no con ella, sino con una amiga 🤨. No entendí muy bien por qué no pasó nada con la protagonista si estaba todo dado… ¿le estaba haciendo gancho a la amiga? jaja. Pero bueno, la mujer le entrega una carta escrita en japonés donde le dice que si no vuelve, moriría de pena. Obviamente el hombre queda obsesionado y hasta vuelve a Japón en plena guerra por ella.

Mientras tanto, Hélène ,la esposa, ya sospechaba algo. Llora en silencio, intuyendo la traición. Cuando él regresa, lleva esa carta y la manda a traducir con una madame dueña de un prostíbulo (sí, así de random). Ahí se entera del mensaje.

Después, el tipo vuelve a Japón en medio de la guerra (porque sí, nadie lo obliga). Y uno sabe que no va por trabajo, sino por amor. Pero cuando llega, todo está devastado. Un niño lo guía hasta donde estaban escondidos los japoneses, y Hara Kei ,al enterarse de que el niño llevaba un mensaje de amor de su amada,lo mata. Tremendo. Luego le perdona la vida al protagonista, que regresa a Francia sin gusanos y sin amor.

Años después, sumido en tristeza, recibe una carta de 17 páginas en japonés. Supuestamente era de la muchacha. La lleva a traducir y resulta ser una carta llena de erotismo y deseo, donde ella le dice al final que lo olvide, que lo que vivieron fue un regalo. Tras esto el queda mas tranquilo y vuelve un poco la alegría a su vida. Pero aquí viene el golpe final: esa carta no la escribió la japonesa… sino Hélène. Fue su esposa quien la mandó redactar en japonés, imaginando lo que la otra habría dicho, solo para devolverle a su marido la ilusión y calmar su dolor. Poco después, Hélène muere repentinamente, de una fiebre… aunque yo juro que murió de amor 💔. El se da cuenta de esto después como años después cuando ella ya estaba muerta, descubre la verdad.


Y ahí me quedé pensando… ¿hasta qué punto el amor nos hace hacer ese tipo de cosas? ¿Hasta dónde llega lo verdadero y lo sano? Porque siento que Hervé se da cuenta demasiado tarde del amor que tenía al lado, mientras perdía el tiempo suspirando por alguien que jamás le escucho ni la voz.

Al principio pensé que era un romántico empedernido, que viajar a Japón en plena guerra por amor era jugado, pero ahora que lo pienso… bastante tonto el weón 😂. Tenía todo en casa y lo dejó pasar. Pero así es el amor: a veces ciego, obsesivo y un poco idiota.

Yo creo que Hélène tampoco se amaba mucho. ¿Cómo te quedas con un tipo que cruza el mundo por otra? ¡No, amiga, ahí no es! 😤 Y Hervé, por su parte, fue un cobarde con ambas: no tuvo los pantalones para vivir su pasión ni para cuidar lo que sí tenía.

En fin, el libro te deja pensando en lo complejo que puede ser el amor, en cómo a veces nos aferramos a lo imposible y descuidamos lo real.
Soy pro sentir, aunque duela, aunque el otro quede con tu corazón en la mano. Pero sentir de verdad. Porque si no es con todo, ¿pa’ qué? ❤️ Mas encima muere un niño por nada jajaaj, bueno eso saludos y viva el amor.

Soy una mujer atemporal. Hoy todos parecen tener miedo de sentir, de decir “te quiero”. Quizás sea ansiedad, o miedo a ser lastimados, a no cumplir las expectativas. Somos hijos de esos padres que lo hicieron todo mal que dijeron “te amo” muy pronto, que se equivocaron  y crecimos con ese temor heredado. Tal vez por ahí va el asunto, no lo sé.

Pero yo no tengo miedo de decir lo que siento. Bueno, vergüenza sí da un poco, porque no ser correspondido es dramático igual. Aun así, dentro de lo que se puede, está bien declararse, ¿no? Jajaja.

Hago un llamado a los hombres de hoy: ¡juéguensela nomás! ¿Qué tanto se puede perder? Como dice el dicho, “el óvulo no persigue al espermatozoide”, así actúa la naturaleza. Así que eso: atrévanse, que aparte de la dignidad, ¿qué más se puede perder?




miércoles, 24 de septiembre de 2025

Niños con pataleta, adolescentes desafiantes

Como dice la contraportada del libro: nadie nos enseña a ser padres, nadie te advierte lo arrepentido que estarás después. Se produce, como siempre lo he dicho, una dicotomía entre amar y odiar a tu retoño, jajaja. Pero bueno, son cosas que al final todo padre termina aceptando, no es como que puedas deshacerte de eso.

Luego de leer este libro reafirmé ciertas conductas positivas en mi crianza y estoy intentando desechar otras. Tampoco se trata de seguir al pie de la letra las instrucciones de un libro que, por momentos, parece bastante teórico. A lo largo del relato se van presentando escenas que, más que reales, parecen imaginadas; tanto diálogo y descripción me recordaban más a dinámicas de alguna terapia que a vivencias concretas.

El caso es que hay algo llamado instinto, y creo que el instinto básico de todo padre debería ser un llamado a la ternura: ser cariñoso con los niños, entenderlos y ponerse, aunque sea un poco, en los zapatos de un ser pequeño cuyo cerebro aún está en formación. Muchas veces asumimos que los niños entienden o ven el mundo como nosotros, cuando no es así. Si uno viaja hacia atrás, a su propio niño interior, se da cuenta de que mucho de lo que nuestros padres imponían lo hacían como ley, sin darse el tiempo —o sin tener las ganas— de explicar.

Mi hija tiene tres años y no soy la madre perfecta, pero me sorprende lo mucho que entienden cuando se les explica con palabras por qué no deben hacer ciertas cosas. Claro que también los niños aprenden rápido de los gestos y de la firmeza, y confieso que he caído en esos recursos. Jajaja, espero que no me denuncie nadie que lea esto. Pero ahí está el dilema: ¿qué queremos ser? ¿Adultos dignos de su confianza y amor, o adultos intransigentes que resuelven todo a los gritos o golpes? Les aseguro que el camino de la paciencia y la explicación ahorra terapia para ambos.

Gracias a esto, mi hija casi no hace pataletas. Y cuando alguna vez las ha hecho, he sentido que más bien imita a otros niños, no que le nazca de su propia esencia. Créame cuando digo que, si algo le desagrada, frunce el ceño, golpea el piso con el pie y hasta levanta el brazo como si animara una locomotora. Cosas de niños… jajaja.

Reflexión: Ser padres no es aplicar recetas, sino aprender a escuchar, recordar cómo fuimos de pequeños y atrevernos a educar desde la empatía. Al final, lo que uno transmite no son solo reglas, sino la forma en que el niño aprende a confiar en el mundo. 





martes, 5 de agosto de 2025

El monje que vendió su Ferrari (Robin Sharma)

Hay un dicho que dice que jamás hay que juzgar un libro por su portada, y eso le calza perfecto a este. Es un libro lleno de enseñanzas prácticas, directas y aplicables al pie de la letra. Con ejemplos claros y concretos, sin palabrería innecesaria, sin ambigüedades ni frases etéreas que se las lleva el viento. Aquí hay ejercicios reales, concretos, que si los llevas a cabo, pueden ayudarte a construir una vida verdaderamente plena. Personalmente, empecé a aplicar algunas cosas… y funcionaron.

He aquí una cita importante del filósofo indio Patanjali:

 "Cuando te inspira un objetivo importante, un proyecto extraordinario, todos tus pensamientos rompemos ataduras: tu mente supera los límites, tu conciencia se expande en todas direcciones y tú te ves en un mundo nuevo y maravilloso. Las fuerzas, facultades y talentos ocultos cobran vida, y descubres que eres una persona mejor de lo que habías soñado ser."

Este pensamiento de Patanjali nos recuerda que no hay fuerza más poderosa que una meta significativa. Cuando algo nos mueve de verdad, todo nuestro ser se alinea: la mente se expande, los límites se disuelven, y lo que antes parecía imposible comienza a revelarse como alcanzable. Es en ese impulso donde florecen nuestras capacidades dormidas y nos convertimos, paso a paso, en la versión más luminosa de nosotros mismos.

Técnicas como el corazón de la rosa y el pensamiento opuesto pueden ayudarte a acercarte a la vida que deseas.

Para ser honesta, me costó mucho conseguir una rosa —además de que me daba susto pincharme—. Por otro lado, me imaginaba que iba a necesitar muchas rosas, y luego se marchitarían, terminando con un jardín de rosas muertas jajaja.
Pero la idea no era esa. El ejercicio consistía en sentarse a observar la rosa detenidamente, mirar su interior, cada uno de sus pliegues, poco a poco, con atención plena. Durante ese momento, sin evadirte, la meta era contemplar el corazón de la rosa sin perderte en otros pensamientos, durante unos 20 minutos.

La otra técnica, la del pensamiento opuesto, se trata de detectar cuando aparece un pensamiento negativo y, en lugar de seguirle el juego, reemplazarlo intencionalmente por uno positivo, alegre, que te eleve.

En fin, creo que es un excelente libro para regalar. Como han pasado más de dos meses desde que empecé a escribir este comentario y lo dejé a medias, ya no estoy segura de si lo dije antes, pero filo: no ha sido uno de mis años más gloriosos en cuanto a concentración ajajaj.

Lo cierto es que sentí que el libro me habló, casi al punto de decirme que debía moverse y no quedarse estancado en mi propio poder. Y fue precisamente por eso que, en contra de mi firme idea de no prestar ningún libro, lo presté. Y no pedí devolución. Espero sinceramente que no vuelva, jajaja.

Eso sí, no lo entregué a cualquiera, sino a alguien que considero muy importante. Y confío en que, si lo toma en serio y no a la ligera, puede llegar a servirle muchísimo.

Vuela alto, librito.

Reflexión: Quizás ahí está la verdadera esencia de los buenos libros: no en acumularlos en un estante, sino en permitir que su mensaje viaje y toque otras vidas. Al final, lo valioso no es tanto conservar el objeto, sino compartir la semilla que puede encender movimiento en otro.




lunes, 23 de junio de 2025

Franqueza radical (Kim Scott)

Han pasado demasiadas cosas desde mi última publicación jajaja, pero ya era hora de retomar con todo la lectura. Este libro me tomó al menos cinco meses terminar: es bastante denso y complejo, pero transmite un mensaje simple que, en lo personal, me ayudó mucho a enfrentar varias situaciones laborales que han surgido últimamente.
"Franqueza radical" es un libro pensado para líderes, o personas interesadas en el liderazgo en general, pero también para quienes quieren mejorar su forma de comunicar, especialmente al enfrentar conversaciones difíciles. 

El libro, más que nada, te entrega herramientas y ejemplos para liderar equipos de forma clara y empática.

Dudo mucho que algún día lidere un equipo, no porque no me sienta capaz, sino porque sinceramente no me interesa. Pero más allá de eso, creo que me agarré de este libro por dos razones:
Primero, para reconocer cuándo estoy frente a alguien que realmente se preocupa por las personas. Y segundo, para aprender a comunicarme con ese tipo de personas sin caer en la "empatía desastrosa", la hipocresía manipuladora o la agresividad desconsiderada.

💡El libro divide estos estilos en cuadrantes, y sinceramente, podría ubicar a más de una persona en cada uno. Líderes que realmente apliquen lo que propone este libro… no conozco muchos, por no decir ninguno. Por eso, se lo recomendaría a cualquiera que esté comenzando —o ya esté— en un rol de liderazgo.

Una de las cosas que más me quedo (debe ser por que lo lei ayer aja )fue entender la diferencia entre evaluación de desempeño y feedback. La primera suele hacerse una vez al año, como en la empresa donde trabajo, y sirve más que nada para definir si hay aumento de sueldo o posibilidades de ascenso. El feedback, en cambio, debería ser frecuente (una vez al mes o semanal) y estar enfocado en el desarrollo personal: qué mejorar, cómo crecer.
💡Y ojo, que el feedback no es solo para corregir; también sirve para reconocer y reforzar lo que uno hace bien, que muchas veces queda olvidado.

Hace tanto que lo leí que se me escapan detalles, pero más adelante me gustaría compartir algunas frases que me sirvieron para mejorar mi forma de comunicar. Al final, de eso se trata todo: decir las cosas con claridad, sin vueltas, sin excusas del tipo "es que es mi amigo". Pero con empatía, siempre.

💡También me pareció interesante cómo aborda el tema de los despidos. A veces son necesarios. Si alguien no está cómodo con lo que hace o simplemente no busca desarrollarse, ¿no sería más honesto liberarlo para que encuentre su camino?
Porque —y esto lo digo sin filtro— hay personas que ostentan cargos y sueldos altísimos haciendo un trabajo mediocre. Y eso no solo es injusto, sino que desmotiva a quienes sí tienen ganas y capacidad.

En el libro se describen varias pautas y pasos concretos para mejorar el rendimiento de los equipos. No los voy a detallar todos acá porque, sinceramente, no me los acuerdo jajaja, pero vale la pena destacarlos, marcarlos y dejarlos a mano para una posible relectura. Quizás algún día te toque aplicarlos en tu trabajo, o al menos reconocer cuándo alguien más los está haciendo bien.

Al final, creo que el objetivo de todo esto es tener personas más contentas, productivas y honestas en el trabajo. ¿Y qué mejor que eso? Un ambiente donde la gente pueda ser directa sin miedo, donde se trabaje con transparencia y no con máscaras. Eso, para mí, ya es un gran avance.

En fin, lean el libro. Yo lo estoy retomando y sé que hay muchas ideas que se me quedan en el tintero, pero si algo me llevo es esto: comunicar con empatía, aunque a veces incomode.