viernes, 9 de octubre de 2026

La de la mala suerte

 Lo más triste de esa foto  no es verlos juntos en la ceremonia de su examen de grado, pudo ser cualquier día. Es ver lo felices que pueden ser en un mundo en el que yo existía, al menos virtualmente, llena de dudas y temores.

Es esa forma en que la mira, la manera en que ella levanta el rostro hacia él, la naturalidad con la que sus cuerpos se buscan, como si el lugar del otro les perteneciera. Como si no hubiera dudas, ni culpa, ni despedidas pendientes. Como si la vida, por una vez, hubiera sido generosa con ellos.

Y yo estoy aquí, mirando desde afuera, intentando comprender en qué momento me convertí en alguien que solo puede observar la felicidad de la persona que quisiera tener cerca. Y en qué momento se me ocurrió pensar que me correspondía algo.

Qué crueldad descubrir que alguien puede despertar en ti sentimientos tan profundos y, aun así, tener una vida en la que tú no tienes ni tendrás  ningún lugar. Que puedes conocer sus silencios, reconocer sus tristezas, aprenderte sus contradicciones y sentir que hay una parte de él que te comprende como pocos lo han hecho, para después descubrir que nada de eso te da derecho a quedarte.

Porque quizá ese sea el verdadero dolor: no haber imaginado algo que nunca existió, sino haber sentido algo que para ti fue real, sabiendo que no necesariamente podía convertirse en historia.

Miro sus frentes casi juntas y pienso en todas las veces que habría querido estar así de cerca. Sin pantallas de por medio, sin tener que interpretar un mensaje, sin preguntarme si me extrañaba, sin medir las palabras para no revelar cuánto me importa. Solo estar. Ser alguien a quien pudiera mirar de esa manera, sin que después tuviera que regresar a otra vida.

Pero no soy yo quien está en esa foto.

Y no hay nada que pueda hacer para cambiarlo.

No puedo competir con una historia que empezó antes de que yo llegara. No puedo reclamar un lugar que nunca fue mío. No puedo pedirle al corazón que deje de sentir solo porque la realidad ya me ha explicado, otra vez, que sentir no siempre es suficiente.

Lo terrible es que una parte de mí se alegra de verlo feliz. Y esa misma parte es la que más duele, porque no quiero que sufra, no quiero que le vaya mal, no quiero convertirme en alguien que le desee tristeza solo porque yo no puedo formar parte de su alegría.

Quiero que sea feliz, cuánto quisiera que no me doliera tanto querer que sea feliz.

Porque mientras usted pareciera  celebrar la vida que tiene junto a la persona que eligió, a su familia, refugio, hogar, a su equipo y motor para continuar en momentos difíciles, yo tengo que aprender a despedirme de la vida que alguna vez imaginé en silencio. De todas esas posibilidades que nunca llegaron a existir fuera de mi cabeza. De las conversaciones que todavía quisiera tener. De las cosas que me habría gustado contarle. De esa pequeña ilusión que, a pesar de toda mi lucidez, se negaba a morir.

Y nadie ve esa despedida. Ni siquiera usted mismo considera que debería dármela. “No fue nada, de que despedida estoy hablando”.

No hay una fecha para recordarla, ni una última conversación que pueda guardar como prueba de que algo terminó. No hay un adiós que me permita llorar tranquilamente y decir: esto fue lo que perdí.

Porque, cómo se llora algo que nunca se tuvo?

Cómo explicas que extrañas a alguien que sigue ahí, que probablemente continúa con su día, que puede sonreír, trabajar, abrazar a otra persona y dormir por las noches, mientras tú intentas convencerte de que no deberías echarlo de menos?

Cómo dejas ir a alguien que no se ha ido del todo, pero que tampoco puede quedarse?

Tal vez nunca sepa cuánto me costó aceptar su lugar en el mundo. Tal vez nunca comprenda cuántas veces tuve que callarme, cuántas veces tuve que fingir y decir  que estaba bien, cuántas veces elegí alejarme precisamente porque quería demasiado quedarme.

Y quizá sea mejor que nunca lo sepa.

Porque no quiero que mi dolor se convierta en una deuda suya. No quiero que tenga que cargar con mis sentimientos ni que su felicidad dependa de mi capacidad para soportarla.

Solo quisiera que, por una vez, la vida me permitiera querer a alguien sin tener que aprender a perderlo al mismo tiempo.

Miro una última vez aquella foto.

Él tiene un brazo alrededor de ella. Ella le sonríe. Sus rostros están tan cerca que casi no queda espacio entre ustedes.

Y entonces comprendo que hay distancias que no se miden en kilómetros.

Hay distancias que caben en una linda foto.

La distancia entre lo que siento y lo que puedo pedir. Entre lo que deseo y lo que debo aceptar. Entre la persona que quisiera ser para él y la persona que realmente puedo ser en su vida.

Y lo más desgarrador es que no necesito que él sea malo, que me haya mentido o que me haya hecho daño deliberadamente para que esto duela.

A veces basta con que la vida de alguien continúe en una dirección en la que tú no puedes acompañarlo.

Así que voy a intentar soltarlo.

No porque haya dejado de importarme. No porque lo que sentí haya sido pequeño. Ni siquiera porque esté preparada.

Voy a intentarlo porque también merezco una vida en la que no tenga que conformarme con mirar desde afuera. Una vida en la que alguien pueda acercar su frente a la mía sin que yo tenga que preguntarme cuánto durará ese instante, qué significa o a qué realidad tendrá que regresar después.

Una vida en la que no tenga que esconder mi ternura para protegerme de las consecuencias de sentirla.

Y quizá algún día vuelva a mirar esta fotografía y ya no me duela.

Quizá algún día pueda recordar lo que sentí sin sentir que algo me falta.

Pero hoy no.

Hoy los veo juntos y me duele esa felicidad que no me pertenece. Me duele todo lo que no ocurrió. Me duele lo que tuve que callar. Me duele saber que puedo quererlo sinceramente y que, aun así, la decisión más amorosa que me queda es apartarme.

Y si alguna vez me recuerda, ojalá no sea con culpa.

Ojalá recuerde que hubo alguien que lo quiso incluso cuando entendió que no podía pedirle que la eligiera.

Alguien que habría querido quedarse un poco más, pero que finalmente comprendió que amar a una persona no significa tener derecho a ocupar todos los espacios de su vida.

Alguien que tuvo que aprender a marcharse con el corazón todavía lleno.

Porque esa es la parte que nadie cuenta de algunas despedidas: que uno no siempre se va cuando deja de amar.

A veces se va precisamente porque sigue amando.

Y entonces cierra la puerta, se seca las lágrimas y continúa con su vida, mientras en algún lugar de su corazón permanece intacta una versión de la historia que nunca llegó a vivir.



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