viernes, 9 de octubre de 2026

El cuerpo habla - Joe Navarro

Hace cerca de dos meses tuve un encuentro muy particular con una persona que había estado esperando durante mucho tiempo. Y mientras leía El cuerpo habla, no pude evitar pensar que, si hubiese leído este libro antes, quizás habría sido mucho más consciente de algunos detalles que en ese momento no fui capaz de notar.De hecho, a esa persona, si está leyendo esto, le pido disculpas por no haber terminado este libro antes. Quizás me habría ayudado a entender algunas de las incomodidades e inseguridades que después me contó que había sentido y que yo, en ese momento, simplemente no vi.

El cuerpo habla fue escrito por un ex agente del FBI y gran parte del libro gira en torno a algo que me parece fascinante: nuestro cuerpo está comunicando constantemente, incluso cuando nosotros no estamos diciendo nada.

Una de las primeras cosas que me llamó la atención fue descubrir que muchas de las interpretaciones que hacemos sobre el lenguaje corporal son demasiado simplistas. Por ejemplo, tocarse la nariz no significa necesariamente que alguien esté mintiendo. Existen los llamados gestos apaciguadores, movimientos que hacemos de manera inconsciente cuando estamos nerviosos, incómodos o inseguros. Por eso, un gesto aislado nunca debería utilizarse como una prueba de engaño.

Y ahí aparece una de las ideas que más me gustó del libro: leer a una persona requiere observar el conjunto y, sobre todo, el contexto.

También habla sobre lo difícil que es detectar el engaño. No existe una señal mágica que permita saber con absoluta certeza si alguien está mintiendo. Hay que observar incongruencias: cuando lo que una persona dice no coincide con su comportamiento, cuando la emoción que expresa no parece corresponder con la situación o cuando determinadas conductas aparecen fuera de lo habitual para esa persona.

Esto último me pareció especialmente importante porque significa que no basta con aprender una lista de gestos. Hay que conocer primero cuál es el comportamiento normal de alguien para poder identificar cuándo algo cambia.

Otra cosa que me sorprendió fue descubrir que, para observar el estado de una persona, quizás deberíamos mirar menos su rostro y más otras partes del cuerpo. El rostro es una de las partes que aprendemos a controlar desde pequeños: aprendemos a sonreír aunque no tengamos ganas, a aparentar tranquilidad o a esconder determinadas emociones. En cambio, los pies y las manos pueden entregar información mucho más difícil de controlar conscientemente.

Por ejemplo, los pies pueden mostrar hacia dónde está realmente orientada nuestra atención o incluso si queremos alejarnos de una situación. Las manos también pueden revelar nerviosismo, incomodidad o tensión.

El libro también plantea algo que me parece fundamental cuando queremos saber si alguien está siendo sincero: primero hay que conseguir que esa persona se sienta cómoda.

Si alguien se siente amenazado, observado o juzgado, probablemente se pondrá a la defensiva. En cambio, cuando existe un ambiente de confianza, las personas tienden a relajarse y es mucho más fácil observar su comportamiento natural.

Esto también se relaciona con algo que el libro menciona constantemente: no hay que interpretar un gesto de manera aislada. Hay que observar varios comportamientos, buscar patrones y prestar atención a los cambios.

Incluso habla de algo que me pareció interesante: las personas que hablan demasiado o entregan demasiadas explicaciones pueden, en determinadas circunstancias, estar intentando controlar demasiado el relato. Pero, nuevamente, eso no significa que hablar mucho sea sinónimo de mentir. Una reserva, un silencio o una determinada reacción tampoco constituyen por sí mismos una prueba de engaño.

Y creo que ahí está una de las enseñanzas más importantes del libro: el lenguaje corporal no es un detector de mentiras infalible.

Podemos aprender a observar mejor, pero nunca vamos a tener la certeza absoluta de lo que otra persona está pensando o sintiendo solamente mirando sus movimientos.

También me quedo con la importancia de confiar en nuestro propio instinto. Esa sensación de que algo no encaja puede ser una señal para observar con mayor atención, aunque tampoco debería convertirse automáticamente en una acusación.

Después de leer este libro, creo que voy a estar mucho más atenta a algo que antes quizás pasaba por alto: todo aquello que comunicamos sin utilizar palabras.

Porque hablamos con las manos, con los pies, con nuestra postura, con la distancia que mantenemos, con la dirección hacia la que orientamos nuestro cuerpo y con todos esos pequeños movimientos que hacemos sin darnos cuenta.

Y quizás lo más interesante es que muchas veces creemos que estamos escuchando a alguien cuando, en realidad, solo estamos escuchando lo que dice.

Este libro me dejó con ganas de aprender a escuchar también todo lo demás.

Pd: no, no me sentí describiendo la pólvora.





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