Cartero, de Charles Bukowski: la tragicomedia de una vida que parece no querer cambiar
Una lectura sobre el trabajo, el alcohol, el sexo, las decisiones y la extraña capacidad de seguir viviendo incluso cuando nada parece tener demasiado sentido.
Advertencia: este texto contiene spoilers de toda la novela, incluido el desenlace.
Introducción: una vida demasiado cotidiana para ser extraordinaria
Mi primer acercamiento a Cartero, de Charles Bukowski, fue bastante menos entusiasta de lo que esperaba. Venía de leer El hombre del río, de Christopher Triana, una novela splatterpunk que me había impresionado de principio a fin y que incluso releí en algunos momentos. Después de una experiencia así, enfrentarme a una historia que parecía limitarse a contar la vida cotidiana de un hombre que trabaja, bebe y tiene relaciones sexuales me resultó un tanto difícil.
En sus primeras páginas, la novela no parecía ofrecer demasiado. Henry Chinaski, su protagonista, consigue un empleo como cartero y comienza a describir las dificultades de su trabajo: las rutas, las cartas, las exigencias absurdas de sus superiores y los problemas que surgen cuando uno tiene que cumplir horarios que no siempre parecen compatibles con la realidad. Mientras tanto, bebe, se relaciona con mujeres y vuelve a trabajar al día siguiente, como si nada hubiera ocurrido.
Al principio, tuve la impresión de estar escuchando a un conocido contar sus anécdotas laborales, con la diferencia de que este hombre parece haber construido buena parte de su vida alrededor del alcohol y el sexo. No había grandes misterios ni acontecimientos extraordinarios. Todo parecía bastante plano.
Sin embargo, a medida que avancé, comencé a descubrir algo interesante: lo que inicialmente parecía una sucesión de episodios ordinarios se iba transformando en una especie de tragicomedia. Los personajes, las situaciones absurdas y la manera en que Chinaski enfrenta sus problemas me hicieron reconsiderar mi primera impresión.
Quizá lo más curioso de cartero sea precisamente eso: consigue convertir una vida aparentemente miserable en un relato que, por momentos, resulta hilarante, incómodo e incluso conmovedor.
1. Chinaski y el absurdo de trabajar para sobrevivir
Durante buena parte de la novela, Chinaski vive atrapado en una rutina que parece repetirse indefinidamente. Trabaja en el correo, soporta las exigencias de sus superiores, bebe hasta perder buena parte de su dinero y mantiene relaciones con distintas mujeres. Su vida no parece responder a un proyecto demasiado elaborado. Más bien, va pasando de un día al siguiente.
Una de las primeras cosas que me llamó la atención fue su relación con el trabajo. Chinaski no es precisamente un empleado ejemplar, pero tampoco es alguien que simplemente se niegue a cumplir sus obligaciones. Sigue trabajando bajo la lluvia, enfermo, cansado y enfrentándose a situaciones que vuelven su jornada mucho más difícil de lo que debería ser.
Debe lidiar con perros que lo persiguen, cartas que se mojan, direcciones mal escritas y personas que hacen comentarios fuera de lugar. A esto se suman las exigencias de la administración postal, que parece esperar de sus trabajadores resultados que no siempre son razonables. En una de las situaciones que recuerdo, se le exige llegar a distintos lugares con apenas unos minutos de diferencia, aunque las tareas que debe realizar hacen que cumplir esos tiempos resulte prácticamente imposible.
Es precisamente ahí donde empieza a aparecer el humor de Bukowski. El trabajo es miserable, las condiciones son absurdas y las personas pueden ser desagradables, pero Chinaski sigue adelante. No porque esté especialmente comprometido con una idea de superación personal, sino porque, de alguna manera, continúa haciendo lo que tiene que hacer.
Me hizo pensar en una conversación que había escuchado sobre los jóvenes y la llamada mentalidad de tiburón: esa idea de que hoy muchos quieren ganar dinero sin trabajar. Frente a esa imagen, Chinaski representa algo muy distinto. Es un hombre que conoce el agotamiento, que trabaja durante largas jornadas y que, pese a sus defectos, sigue presentándose a cumplir sus tareas (o al menos esa impresión me dio al comienzo)
Por supuesto, no se trata de idealizarlo. Comete errores, trata mal a algunas personas y mantiene hábitos bastante destructivos. Pero hay algo en esa persistencia que me hizo pensar en quienes pasan años haciendo un trabajo que no les gusta, sin que necesariamente exista una gran transformación al final del camino.
Y eso es lo que vuelve inquietante la rutina de Chinaski: los años pasan, las circunstancias cambian y, sin embargo, la vida parece continuar dentro del mismo círculo.
La Roca y los personajes del correo
Entre los personajes que aparecen en este mundo laboral está Stone, a quien Chinaski llama la Roca. Es una figura que representa parte de esa jerarquía rígida y hostil que encuentra en el correo. Hay una distancia evidente entre los trabajadores y sus superiores, y las relaciones no parecen construirse precisamente desde la confianza o la camaradería.
También aparecen personajes secundarios que, aunque pasan fugazmente por la historia, dejan una impresión particular.
Uno de ellos es un cartero que parece representar al empleado correcto, pulcro y digno de admiración. Sin embargo, termina descubriéndose que robaba dinero de unas donaciones. La gente comienza a sospechar cuando dejan de llegar los agradecimientos correspondientes, y la investigación termina revelando que aquel hombre aparentemente respetable no era lo que parecía.
Otro episodio involucra a un trabajador mayor al que le gustaba dar dulces a los niños. Una mujer escucha un comentario suyo sobre una niña, una frase que, al releerla, adquiere un significado cada vez más inquietante. Mientras sus compañeros intentan defenderlo y desestimar las sospechas, resulta difícil no preguntarse por qué alguien diría algo así.
Estas escenas me hicieron pensar en algo que atraviesa la novela: la facilidad con que las personas justifican determinadas conductas cuando pertenecen a alguien conocido o cuando prefieren no enfrentarse a lo incómodo. Bukowski presenta situaciones que pueden resultar cómicas por la manera en que están narradas, pero que también dejan preguntas bastante menos divertidas.
En este sentido, los compañeros de Chinaski me recordaron a las historias que mi papá me contaba de su vida como conductor. Nunca le gustaba que le dijeran chofer. Durante sus años de trabajo conoció a personas de todo tipo, cada una con sus particularidades, sus problemas familiares y sus propias historias. Entre esos recuerdos estaba el del gato flaco, un personaje cuyo apodo y forma de hablar se me quedaron grabados.
También recuerdo que mi papá me contó historias más duras, incluso relacionadas con el suicidio. Por eso, mientras leía a Bukowski, no podía evitar pensar que detrás de cualquier oficio existe un mundo de personas que uno conoce de manera fragmentaria. A veces compartimos años de trabajo con alguien sin saber realmente quién es, qué le ocurre o qué cosas arrastra consigo.
La oficina postal de Chinaski termina pareciéndome un pequeño universo de ese tipo: un lugar donde conviven la rutina, la mezquindad, las contradicciones y las historias que apenas alcanzamos a conocer.
2. El primer gran giro: renunciar, apostar y volver a empezar
Después de aproximadamente tres años en el correo, Chinaski termina renunciando. La decisión llega tras una serie de conflictos y amonestaciones, entre ellas una disputa relacionada con su gorra y las normas del trabajo.
La situación es absurda: le advierten que no debe dejar la gorra en determinado lugar, él continúa haciéndolo y recibe varias amonestaciones. Finalmente, discute con la Roca, rompe una de las notificaciones y deja claro que no piensa seguir participando en esa especie de juego burocrático.
Chinaski entiende que la administración puede continuar acumulando advertencias, pero que eso no cambiará su comportamiento. En lugar de aceptar las reglas como si tuvieran un sentido indiscutible, prefiere desafiar abiertamente el procedimiento.
Su salida del correo lo lleva al hipódromo, donde comienza a apostar en las carreras de caballos. Según cuenta, tiene una racha favorable que le permite ganar dinero, comprar un automóvil y pagar sus cuentas.
En ese momento, su vida parece abrir una posibilidad distinta. Ya no necesita cumplir con la jornada postal y puede dedicar su tiempo a aquello que realmente le interesa. Sin embargo, la libertad que consigue no se traduce necesariamente en una vida más ordenada.
Chinaski sigue bebiendo, buscando mujeres y viviendo de acuerdo con sus impulsos. El dinero que obtiene mediante las apuestas le permite mantenerse durante un tiempo, pero tampoco parece construir a partir de él un proyecto de vida estable.
Aquí aparece una de las contradicciones que más me interesaron: Chinaski parece querer escapar del trabajo, pero no necesariamente quiere cambiar el resto de su vida. No hay una transformación profunda ni una revelación que lo convierta en otra persona. Simplemente deja una rutina y entra en otra.
Betty: la convivencia y el conflicto de no trabajar
Durante esta etapa, su relación con Betty también comienza a deteriorarse. Ella consigue un trabajo y debe levantarse temprano, mientras él permanece en casa y aprovecha el tiempo para coquetear con otras mujeres.
Cuando Betty finalmente lo enfrenta, le reprocha que la gente crea que ella lo mantiene y que esté cansada de la situación. También le reclama sus aventuras con otras mujeres, a las que describe de una manera mucho menos idealizada de lo que Chinaski parece hacerlo.
Esta escena me hizo gracia porque permite observar la distancia entre la percepción que él tiene de las mujeres y la manera en que otras personas las describen. En su relato, las mujeres suelen aparecer como figuras extraordinarias, casi irresistibles. Sin embargo, cuando Betty habla de ellas, las presenta de una forma mucho más terrenal y hasta cruel.
De pronto, uno comienza a preguntarse cuánto hay de realidad y cuánto de fantasía en la mirada de Chinaski.
Él responde que puede pagar las cuentas con el dinero que gana apostando y que no le exige a Betty que contribuya con su sueldo. Pero ella insiste en que el problema no es solamente económico: está cansada de la situación y de lo que los demás piensan de ellos.
Finalmente, le plantea una decisión: alguien debe irse. Chinaski elige marcharse.
La escena es coherente con su manera de vivir. Ante un conflicto que podría exigir una negociación prolongada, una reorganización de la convivencia o un cambio personal, opta por abandonar el lugar y continuar con su vida en otra parte.
3. Joyce: una fantasía que convive con la miseria
Después de separarse de Betty, Chinaski conoce a Joyce, una joven rubia de unos veintitrés años, mientras él tiene treinta y seis. Ella le parece extraordinariamente hermosa y, además, pertenece a una familia con mucho dinero.
La relación avanza rápidamente. Joyce le pide que se case con ella y ambos terminan viviendo en un entorno muy distinto al que Chinaski conocía. Su nueva vida incluye la riqueza de la familia de ella, un ambiente rural y una serie de situaciones que parecen sacadas de una comedia absurda.
Uno de los episodios más divertidos ocurre cuando van a ver unos búfalos. Chinaski termina demasiado cerca de uno de los animales, que se dirige hacia él. Sale corriendo, salta una cerca y acaba cayendo en una zanja, mientras los demás observan y se ríen de su desgracia.
Es una escena sencilla, pero representa muy bien el humor que empecé a reconocer en la novela. No hace falta que ocurra algo extraordinario: basta con colocar a Chinaski en una situación ridícula y observar cómo intenta salir de ella.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención de esta etapa fue la presencia constante del sexo. La relación con Joyce parece estar atravesada por una actividad sexual casi inagotable. Se buscan, se desean y pasan buena parte del tiempo juntos en la cama.
Me sorprendió que Bukowski presentara estas situaciones con tanta naturalidad. Hay escenas en las que Chinaski se encuentra con mujeres en circunstancias que me parecen bastante alejadas de lo cotidiano. En una de las primeras partes del libro, por ejemplo, entra en la casa de una mujer que está prácticamente en bata y termina involucrado sexualmente con ella en medio de una situación que también incluye gritos e insultos.
El contraste entre lo absurdo de estas escenas y la tranquilidad con que el narrador las cuenta me produjo una mezcla de risa e incredulidad.
También me pregunté cuánto de todo aquello corresponde a una representación deliberadamente exagerada de la experiencia masculina. En Chinaski, el sexo parece ocupar un lugar privilegiado, como si fuera uno de los pocos placeres capaces de compensar una vida que, por lo demás, resulta bastante miserable.
A ratos, da la impresión de que las mujeres aparecen en su mundo como una fantasía recurrente: siempre hay una nueva posibilidad, una nueva aventura o alguien a quien desear. La vida cotidiana, en cambio, sigue siendo cansadora, repetitiva y poco extraordinaria.
Por eso, aunque algunas escenas me resultaron muy divertidas, también me parecieron poco realistas. No podía dejar de preguntarme cuánto de esa sexualidad constante era una exageración literaria y cuánto formaba parte de la imagen que el autor quería construir de su protagonista.
El perro, las discusiones y una convivencia contradictoria
Joyce tiene una relación particular con los animales y, durante esta etapa, aparece un perro que termina acercándose mucho a Chinaski.
Pero la convivencia no está libre de conflictos. En una escena especialmente incómoda, el perro queda afuera y las moscas lo atacan. Chinaski llega del trabajo y se encuentra con la situación. La discusión que sigue con Joyce termina con un vaso lanzado y numerosos objetos rotos.
Lo que me llamó la atención no fue solamente la violencia del episodio, sino la forma en que el relato pasa de una situación a otra. Después de la discusión, ambos terminan teniendo relaciones sexuales, como si el conflicto hubiera quedado atrás sin necesidad de resolverlo realmente.
Esta manera de narrar me hizo pensar que, en el mundo de Chinaski, el sexo funciona muchas veces como una forma de reconciliación inmediata. No necesariamente resuelve los problemas: simplemente parece permitir que la vida continúe.
Y esa continuidad es uno de los aspectos más desconcertantes del libro. Hay discusiones, gritos, frustraciones y actos violentos, pero el protagonista no parece detenerse demasiado a reflexionar sobre ellos. Las cosas ocurren, pasan y son reemplazadas por el siguiente episodio.
Los pájaros: una pequeña escena sobre las decisiones
Entre todas las situaciones absurdas y las escenas sexuales, hubo un momento que me pareció especialmente bonito.
Joyce y Chinaski tienen dos pájaros en una jaula. Los animales hacen ruido y, como Chinaski trabaja durante largas jornadas, el sonido termina impidiéndole descansar. Cansado de la situación, le plantea el problema a Joyce. Finalmente, ella le dice que puede sacarlos.
Chinaski toma la jaula, la lleva afuera y abre la puerta.
Uno de los pájaros sale inmediatamente y vuela lejos. El otro, en cambio, permanece dentro durante un tiempo. Se mueve de un lado a otro, duda, parece evaluar sus posibilidades y vuelve a recorrer el mismo espacio. Tiene la oportunidad de marcharse, pero no termina de decidirse.
Hasta que finalmente también sale volando.
Esta escena me hizo pensar en las personas indecisas que conozco. Hay momentos en los que la vida nos abre una puerta, nos permite salir de un lugar conocido y explorar algo diferente, pero no siempre somos capaces de aprovechar la oportunidad de inmediato.
Algunas personas parecen reconocer la posibilidad y actuar sin demasiadas vueltas. Otras necesitan observar, calcular, regresar sobre sus pasos y preguntarse una y otra vez si están tomando la decisión correcta.
El pájaro que duda me recordó a alguien que conozco y que parece quedarse dando vueltas alrededor de sus propias decisiones. Es fácil reconocer en esa conducta el temor a abandonar una zona de confort, incluso cuando existe la posibilidad de algo distinto.
Me gustó que Bukowski introdujera esta escena en medio de una narración que, hasta ese momento, parecía concentrarse principalmente en el trabajo, el alcohol y el sexo. Chinaski está cansado, necesita dormir y podría limitarse a resolver el problema de la manera más práctica posible. Sin embargo, se detiene a observar lo que hacen los animales.
En ese pequeño momento aparece una reflexión que va más allá de la anécdota: animales y seres humanos también debemos decidir qué hacer cuando se presenta una oportunidad.
Siempre me ha gustado observar a las aves. Cuando uno se queda quieto y presta atención a su comportamiento, comienza a encontrar similitudes con las personas. A veces, en esas pequeñas escenas de la naturaleza, hay algo que nos permite pensar en nosotros mismos.
Por eso, esta fue una de las partes que más me gustaron. No es una gran revelación ni un acontecimiento decisivo para la trama, pero sí un instante en el que la narración cotidiana adquiere un significado especial.
4. Volver al correo: cuando la vida parece repetirse
A pesar de haber abandonado el trabajo postal, Chinaski termina regresando al correo. La vida con Joyce no lo libera de sus dificultades; por el contrario, comienza a exigirle una estabilidad que él no parece desear de la misma manera.
Joyce quiere que trabaje. Para ella, tener un empleo y demostrar que pueden mantenerse por sus propios medios parece ser una cuestión importante, incluso cuando la familia dispone de dinero. Chinaski, en cambio, llega a sentirse agotado por las largas jornadas laborales y preferiría disfrutar de la vida, viajar y hacer otras cosas.
La contradicción es evidente: él ha conocido una forma de libertad en la que no necesita someterse a un horario, pero termina volviendo a una rutina que ya había rechazado.
Joyce también consigue un empleo en el gobierno y las exigencias de la vida cotidiana se vuelven cada vez más presentes. Chinaski vuelve a entregar cartas, soporta las amonestaciones y continúa con una existencia que parece repetir los mismos conflictos de antes.
En esta etapa también aparece una frase que me hizo sonreír: Chinaski se dirige constantemente a Joyce llamándola «nena». Puede decir cosas terribles, discutir con ella o mostrarse indiferente, pero siempre vuelve a esa manera de hablarle.
Ese contraste entre la crudeza de sus palabras y el tono familiar con que se dirige a ella contribuye a la comicidad de la relación.
Al mismo tiempo, refuerza mi impresión de que el protagonista vive en una especie de fantasía personal en la que el sexo, el alcohol y la posibilidad de escapar de las obligaciones ocupan un lugar central. La realidad, sin embargo, insiste en aparecer: hay que trabajar, convivir, pagar las cuentas y enfrentarse a las consecuencias de las propias decisiones.
Y, aunque Chinaski parece comprender algunas de esas cosas, no necesariamente hace mucho por cambiar.
5. La infidelidad de Joyce y una separación sin grandes escenas
La relación entre ambos termina deteriorándose cuando Joyce conoce a un hombre en su trabajo, donde se desempeña en un puesto relacionado con tareas de secretaría y el ámbito policial.
Ella comienza a acercarse a ese compañero y le cuenta a Chinaski lo que está ocurriendo. Él le advierte que tenga cuidado, que en los trabajos pueden surgir relaciones que terminan complicando la vida de las personas y que no confía demasiado en aquel hombre.
Más adelante, Chinaski recibe los documentos de divorcio y comprende lo que ha sucedido. Joyce le reconoce que se involucró con el otro hombre después de una pelea entre ellos. Según explica, esperaba que las cosas se enfriaran y que la situación no llegara a ese punto.
La reacción de Chinaski me llamó la atención. No responde con una gran escena de celos ni parece dispuesto a convertir la separación en una batalla. Se muestra bastante tranquilo y le hace ver que habría preferido que ella se lo dijera antes, sobre todo porque habían mantenido relaciones sexuales recientemente y él pensaba que las cosas estaban bien entre ellos.
Finalmente, se marcha.
Lo hace dejando atrás a Joyce, el perro, la jaula vacía y las moscas. La imagen de esos elementos abandonados me parece significativa porque reúne, de alguna manera, los restos de la vida que habían construido juntos.
No hay una transformación extraordinaria ni una conclusión sentimental elaborada. La relación termina y Chinaski continúa su camino.
Esta parte me hizo verlo de una manera distinta. Hasta entonces, había observado a un hombre bastante egoísta, dominado por sus impulsos y poco preocupado por las consecuencias de sus acciones. Sin embargo, su reacción ante la infidelidad de Joyce me permitió reconocer algo más humano.
No significa que sea un hombre ejemplar. Tiene muchos defectos y sus decisiones pueden resultar cuestionables. Pero tampoco parece necesitar convertir cada conflicto en una lucha por imponer su voluntad.
En ese sentido, terminé viéndolo como un hombre común, contradictorio, pero también capaz de aceptar que una relación ha llegado a su fin.
6. Los años pasan y Chinaski sigue siendo Chinaski
Hacia el final de la novela, la historia avanza a través de los años y la vida de Chinaski continúa marcada por el alcohol, las mujeres, las apuestas y el trabajo postal.
Las relaciones cambian, aparecen otras mujeres y las circunstancias se transforman, pero él parece seguir moviéndose dentro de los mismos hábitos. El correo continúa siendo una presencia constante: faltas al trabajo, amonestaciones, conflictos con los superiores y nuevas oportunidades para terminar abandonándolo.
Durante este período también aparece una hija, cuya existencia se convierte en una de las pocas cosas que parecen adquirir un significado particularmente importante para él. En los momentos más oscuros, cuando Chinaski llega a contemplar la posibilidad de quitarse la vida, esa hija parece funcionar como una motivación para seguir adelante.
Este aspecto me resultó especialmente interesante porque introduce una dimensión más triste en la historia. Hasta entonces, el alcohol y el sexo habían contribuido a construir una imagen casi caricaturesca del protagonista, un hombre que parecía vivir sin preocuparse demasiado por las consecuencias de sus actos.
Pero el paso del tiempo deja ver que esa forma de vida no está exenta de sufrimiento. Detrás del humor y de las situaciones absurdas hay también agotamiento, soledad y una relación difícil con la propia existencia.
Recuerdo que hacia el final Chinaski parece sufrir fuertes dolores de cabeza, posiblemente jaquecas, aunque tendría que revisar ese detalle para confirmarlo. En cualquier caso, lo que permanece en mi memoria es la imagen de un hombre que continúa viviendo de manera desordenada, gastando dinero entre mujeres, fiestas y alcohol, mientras su vida laboral sigue marcada por los mismos problemas.
Hay algo profundamente tragicómico en esa persistencia.
Chinaski puede abandonar un empleo, encontrar una nueva mujer, casarse, separarse, ganar dinero en las apuestas y volver a empezar. Sin embargo, no parece llegar a un punto en el que todas esas experiencias se conviertan en una transformación definitiva.
Los años pasan, pero él sigue siendo, en gran medida, el mismo hombre.
El reencuentro con Betty: el paso del tiempo y las oportunidades tardías
Con el paso de los años, Hank vuelve a encontrarse con Betty y tiene la oportunidad de observar en qué se ha convertido aquella mujer que conoció tiempo atrás. Betty ha envejecido y su vida ha tomado un rumbo que permite descubrir aspectos de su historia que hasta entonces desconocíamos: había tenido dos hijos, se había casado con un millonario y finalmente se había divorciado de él.
Sin embargo, detrás de esa trayectoria vital, Betty termina enfrentándose a una etapa marcada por el deterioro personal. Hacia el final de su vida se había convertido en una mujer alcohólica y su muerte parece estar relacionada con una intoxicación.
El reencuentro entre ambos abre, de alguna manera, una última oportunidad para recuperar algo de lo que existió entre ellos. Es como si, después de tantos años y de todas las transformaciones que la vida les había impuesto, todavía quedara un espacio para volver a encontrarse. No obstante, esa posibilidad resulta fugaz: la muerte de Betty impide que el reencuentro se prolongue y convierte ese acercamiento en una experiencia atravesada por la pérdida.
Este episodio introduce una reflexión sobre el tiempo y las oportunidades que la vida concede, a veces, demasiado tarde. Las personas cambian, envejecen y toman caminos que las alejan de quienes alguna vez fueron importantes para ellas. Y, aunque existe la posibilidad de volver a coincidir, eso no significa que el tiempo perdido pueda recuperarse. El reencuentro con Betty queda así marcado por la fugacidad: la posibilidad de un nuevo comienzo aparece cuando la vida de uno de los dos está a punto de terminar.
El final: otra vez el correo, otra vez la renuncia
Hacia el desenlace, Chinaski vuelve a enfrentarse a las exigencias del correo. Las amonestaciones continúan acumulándose y el conflicto con la administración postal vuelve a aparecer.
En una de las últimas escenas que recuerdo, consigue ordenar y entregar las cartas en veintiocho minutos, cuando el tiempo exigido era de veinticinco. Incluso después de cumplir con una tarea que ya resulta bastante exigente, vuelve a encontrarse con la insatisfacción de sus superiores.
La situación resume buena parte de lo que hemos visto durante la novela: un trabajador que parece no poder escapar de un sistema que lo desgasta y una administración que continúa exigiéndole más, aunque las condiciones no siempre sean razonables.
Chinaski termina nuevamente harto de las amonestaciones y decide renunciar. Después de tantos años, la historia parece regresar al mismo punto de partida.
Y, al final, aparece la posibilidad de que escriba un libro.
Ese cierre me hizo pensar en la relación entre la vida del protagonista y la del propio Bukowski. La novela tiene una cualidad tan personal que resulta difícil no leerla como una transformación literaria de experiencias vividas. El trabajo postal, el alcohol, las relaciones sentimentales y la resistencia a las convenciones parecen formar parte de una misma visión del mundo.
La historia no necesita terminar con una gran revelación porque su sentido está, precisamente, en la repetición. Chinaski vuelve al correo, vuelve a discutir y vuelve a renunciar. La vida continúa, aunque no necesariamente avance hacia algún lugar.
7. La escritura de Bukowski: entre lo absurdo y lo autobiográfico
Una de las cosas que más me sorprendió de cartero fue la forma en que Bukowski presenta situaciones extraordinarias dentro de un contexto completamente cotidiano.
Su narración avanza a través de episodios que, en ocasiones, parecen desconectados entre sí. Aparecen personajes, ocurren situaciones absurdas y, poco después, la historia continúa sin detenerse demasiado en lo que acaba de suceder.
Esa velocidad puede resultar desconcertante. Al principio, sentí que el relato era plano y que no había demasiadas razones para seguir avanzando, más allá de observar la vida de un hombre que trabaja y bebe.
Sin embargo, con el tiempo empecé a reconocer el efecto de esa manera de narrar. Las situaciones no siempre necesitan una explicación extensa. Muchas veces, el humor surge precisamente de la rapidez con que se pasa de un episodio a otro, como si incluso los acontecimientos más ridículos fueran una parte normal de la vida.
Es una escritura que, al menos en mi experiencia, oscila entre la monotonía y la sorpresa. Puede parecer que no ocurre nada especialmente importante y, de pronto, aparece una escena que resulta tan absurda que obliga a detenerse.
También me impresionó la cantidad de situaciones sexuales que aparecen en la novela y la naturalidad con que el protagonista parece incorporarlas a su vida. A ratos, esa abundancia me resultó fantasiosa, casi como si Chinaski viviera dentro de una versión exagerada de sus propios deseos.
Pero creo que esa exageración forma parte de la construcción del personaje. La novela no presenta una vida ideal en el sentido convencional: Chinaski tiene un trabajo que detesta, mantiene relaciones conflictivas y vive sometido a hábitos que no necesariamente lo hacen feliz. Sin embargo, encuentra momentos de placer, libertad y diversión que parecen compensar, al menos temporalmente, todo lo demás.
Esa mezcla contribuye a que el libro resulte tan extraño. Uno puede reírse de una escena y, poco después, darse cuenta de que detrás de ella hay una vida bastante miserable.
Una conexión inesperada con otro escritor
Mientras leía, no pude evitar pensar en otro libro que tengo entre manos, cuyo título recuerdo vagamente como Conexión de perdedores, de Seba Zumelzu, un joven escritor chileno a quien conozco.
Me llamó la atención una posible semejanza entre ambos estilos: esa manera de narrar situaciones extrañas con naturalidad, hacer que los acontecimientos avancen rápidamente y construir escenas que producen risa precisamente porque parecen absurdas.
No pretendo afirmar que exista una influencia directa ni que pueda establecerse una relación definitiva entre ambos escritores. Es, más bien, una asociación que surgió durante mi lectura. Quizá haya algo en la forma de construir los personajes, en el ritmo de los episodios o en esa mezcla de crudeza y humor que me hizo pensar en el libro de Zumelzu.
Me pareció interesante reconocer esa conexión, aunque fuera tardíamente. A veces, una lectura permite descubrir semejanzas con otras obras que ya conocemos y nos hace mirar de otra manera aquello que antes habíamos leído.
También me hizo pensar en cómo ciertos estilos narrativos pueden resonar entre autores de generaciones distintas, incluso cuando no tenemos información suficiente para establecer una influencia concreta.
8. ¿Qué me dejó cartero?
Mi experiencia con esta novela fue cambiando a medida que avanzaba.
Al principio, me costaba engancharme. Después de leer una historia tan intensa como El hombre del río, de Christopher Triana, esperaba algo que me impresionara de manera más inmediata. En cambio, Bukowski parecía limitarse a contar la vida de un hombre que trabaja, bebe, tiene relaciones sexuales y vuelve a trabajar.
Pero, conforme aparecieron los personajes secundarios, las situaciones absurdas, los conflictos laborales y las relaciones sentimentales, comencé a encontrarle otro sentido al relato.
No diría que todas las escenas me parecieron realistas ni que todas las decisiones de Chinaski me resultaron comprensibles. Algunas situaciones sexuales me parecieron exageradas, y su manera de relacionarse con las mujeres me hizo cuestionar cuánto había de fantasía en su visión del mundo.
Sin embargo, creo que la novela consigue representar algo reconocible: la sensación de pasar los años haciendo cosas que no necesariamente nos gustan, de repetir hábitos y de descubrir que el tiempo puede avanzar sin que nosotros cambiemos demasiado.
También me hizo pensar en las personas que conocemos durante nuestra vida laboral, en sus contradicciones y en las historias que apenas alcanzamos a escuchar. Los personajes del correo me recordaron a los compañeros de trabajo de mi papá y a las anécdotas que me contaba de su vida como conductor. Detrás de cada oficio existe una pequeña comunidad humana, con personajes que pueden resultar cómicos, desagradables, misteriosos o difíciles de olvidar.
Y, entre todas esas historias, me quedo también con los dos pájaros. Con el que salió inmediatamente de la jaula y con el que necesitó dar unas cuantas vueltas antes de decidirse. Esa pequeña escena me pareció una de las más bonitas del libro porque introduce una reflexión sobre la libertad y las decisiones sin necesidad de convertirla en un gran discurso.
Al final, Chinaski me produjo una impresión contradictoria. Es un hombre que parece tomarse la vida con mucha menos preocupación de la que probablemente sentiríamos cualquiera de nosotros ante sus circunstancias. Pero esa despreocupación convive con el cansancio, la soledad y momentos en los que parece perder las ganas de continuar.
A ratos me hizo reír; en otros momentos, me resultó triste. Y creo que ahí está buena parte de su atractivo.
Bukowski no parece interesado en construir una historia de superación en la que el protagonista aprende de sus errores, cambia sus hábitos y termina convertido en alguien mejor. Chinaski no sigue ese camino. Se equivoca, insiste, abandona y vuelve a empezar. No siempre aprende y tampoco parece estar demasiado interesado en hacerlo.
Quizá por eso el final resulta tan coherente con el resto del libro. Después de tantos años, el protagonista continúa enfrentándose a los mismos problemas y termina nuevamente renunciando al correo. La vida no se ordena de manera definitiva y tampoco aparece una moraleja que resuelva todas las contradicciones.
Lo que queda es el retrato de un hombre y de su manera particular de atravesar la existencia.
Y aunque al comienzo me parecía una lectura plana, terminé encontrando en ella algo más personal de lo que esperaba. No tanto una historia extraordinaria, sino una forma de observar lo cotidiano hasta descubrir que incluso una vida repetitiva puede estar llena de episodios absurdos, contradicciones y pequeños momentos de belleza.
Mi impresión final: cartero me pareció una novela tragicómica, extraña y profundamente personal. No fue una lectura que me conquistara desde el principio, pero sí una que me permitió reflexionar sobre el trabajo, la libertad, las relaciones humanas y esa curiosa capacidad que tenemos para continuar viviendo incluso cuando parece que llevamos años dando vueltas en el mismo lugar.
Ficha de lectura
- Título: Cartero.
- Autor: Charles Bukowski.
- Género: Novela; narrativa autobiográfica o de fuerte inspiración autobiográfica.
- Extensión de mi edición: Aproximadamente 188 páginas.
- Impresión personal: Una lectura que comenzó pareciéndome plana y terminó revelándose como una tragicomedia sobre la vida cotidiana, el trabajo, el alcohol, el sexo y la repetición de nuestros propios hábitos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario