miércoles, 24 de septiembre de 2025

Niños con pataleta, adolescentes desafiantes

Como dice la contraportada del libro: nadie nos enseña a ser padres, nadie te advierte lo arrepentido que estarás después. Se produce, como siempre lo he dicho, una dicotomía entre amar y odiar a tu retoño, jajaja. Pero bueno, son cosas que al final todo padre termina aceptando, no es como que puedas deshacerte de eso.

Luego de leer este libro reafirmé ciertas conductas positivas en mi crianza y estoy intentando desechar otras. Tampoco se trata de seguir al pie de la letra las instrucciones de un libro que, por momentos, parece bastante teórico. A lo largo del relato se van presentando escenas que, más que reales, parecen imaginadas; tanto diálogo y descripción me recordaban más a dinámicas de alguna terapia que a vivencias concretas.

El caso es que hay algo llamado instinto, y creo que el instinto básico de todo padre debería ser un llamado a la ternura: ser cariñoso con los niños, entenderlos y ponerse, aunque sea un poco, en los zapatos de un ser pequeño cuyo cerebro aún está en formación. Muchas veces asumimos que los niños entienden o ven el mundo como nosotros, cuando no es así. Si uno viaja hacia atrás, a su propio niño interior, se da cuenta de que mucho de lo que nuestros padres imponían lo hacían como ley, sin darse el tiempo —o sin tener las ganas— de explicar.

Mi hija tiene tres años y no soy la madre perfecta, pero me sorprende lo mucho que entienden cuando se les explica con palabras por qué no deben hacer ciertas cosas. Claro que también los niños aprenden rápido de los gestos y de la firmeza, y confieso que he caído en esos recursos. Jajaja, espero que no me denuncie nadie que lea esto. Pero ahí está el dilema: ¿qué queremos ser? ¿Adultos dignos de su confianza y amor, o adultos intransigentes que resuelven todo a los gritos o golpes? Les aseguro que el camino de la paciencia y la explicación ahorra terapia para ambos.

Gracias a esto, mi hija casi no hace pataletas. Y cuando alguna vez las ha hecho, he sentido que más bien imita a otros niños, no que le nazca de su propia esencia. Créame cuando digo que, si algo le desagrada, frunce el ceño, golpea el piso con el pie y hasta levanta el brazo como si animara una locomotora. Cosas de niños… jajaja.

Reflexión: Ser padres no es aplicar recetas, sino aprender a escuchar, recordar cómo fuimos de pequeños y atrevernos a educar desde la empatía. Al final, lo que uno transmite no son solo reglas, sino la forma en que el niño aprende a confiar en el mundo.